LA CONSTRUCCIÓN DE LA INTIMIDAD EN LAS RELACIONES DE PAREJA: EL CASO DEL VALLE DE CHALCO

Celia Mancillas Bazán

Nos ha tocado vivir en una era no sólo importante,

sino también plena de incertidumbre; y muchas de estas

incertidumbres caen, previsiblemente, sobre

la institución matrimonial[1]

INTRODUCCIÓN

En las últimas décadas han habido transformaciones sociales y cambios de normas que han dejado a las mujeres y a los hombres con ambivalencia y confusión con relación a los roles de género. Estas ambivalencias subyacentes interactúan con las dinámicas de la relación de parejas actuales en la construcción de su intimidad y crean situaciones que se alejan de lo esperado. La tensión que se deriva de estas ambivalencias se encuentra presente en muchas parejas contemporáneas.

Diferentes procesos ocurren en nuestras sociedades modernas que anuncian formas de cambio social, entre ellos: la revolución sexual, el control de la natalidad, la incursión de las mujeres en los mercados de trabajo, las innovaciones biológicas en el dominio de la procreación y las consecuencias de la amenaza del SIDA. Como parte de estos procesos, y aunado a la figura de la tensión como un fenómeno social extendido, surgen actualmente formas inéditas de encuentro íntimo en las relaciones de pareja.

Estos procesos sociales que también emergen en la vida íntima de las parejas, han sido estudiados por notables teóricos, que con ello han aportado antecedentes indispensables a la presente investigación.

Sin embargo, se encontraron pocos estudios empíricos sobre el tema en nuestro país. Por eso, el trabajo que aquí presento, y que forma parte de una investigación más amplia, construye a las parejas mexicanas de la Ciudad de México como sujeto de estudio, para abordarlas de la siguiente manera:

§ Identificar las interrelaciones resultantes de tres ámbitos: la intimidad en la pareja, los roles de género relacionales y la identidad personal.

§ Conocer el resultado de esa interrelación en la figura de la tensión, identificando cómo en dichas parejas se presentan las tensiones fundamentales entre la intimidad, los roles relacionales de género y la identidad personal.

§ Identificar el contraste que ocurre entre parejas de sectores populares urbanos de la Ciudad de México, específicamente en el Valle de Chalco-Solidaridad, en dos colonias de esta zona: Américas y Niños Héroes.

El objeto de esta investigación fue estudiar la intimidad con relación a los roles relacionales de género y la identidad personal en el contexto interaccional de la pareja. Estoy asumiendo que la intimidad es una aproximación al ser hombre y ser mujer haciendo la cercanía o la lejanía con la pareja, que puede ser estudiada pluridimensionalmente desde cinco dimensiones principales: sexual, interaccional, emocional, cognoscitiva y comunicacional. Los roles de género son considerados como una aproximación al ser hombre y ser mujer haciendo lo cotidiano; y la identidad personal es una aproximación a ser hombre y ser mujer

haciéndose a sí mismos, desde la conciencia y la alteridad.

Si aceptamos que el ser humano es relacional por esencia, se comprende por qué en esta

investigación tocamos tres ámbitos de análisis fundamentales de la esencia humana relacional: la relación con el otro a través de la pareja, la relación con el mundo a través de los roles de género construidos en el contexto cultural y la relación consigo mismo a través de la identidad.

Por todo lo anterior, en esta investigación se estudia la interacción dinámica entre tres subsistemas que denomino:

§ Construcción de la lejanía o cercanía en la pareja (intimidad).

§ Construcción de la cotidianidad en la pareja (roles relacionales de género).

§ Construcción del sí mismo en la pareja (identidad personal).

La construcción de dos de estos tres ámbitos es más fuertemente interaccional, esto es, la intimidad y los roles de género, por la relación cara a cara en la pareja, mientras que la identidad, se refiere a una dimensión interaccional y al mismo tiempo, intrapersonal. Esto implica que en términos metodológicos me voy a mover simultáneamente en los dos planos: interpersonal e intrapersonal. Esto representa el interjuego de lo individual y lo social como constitutivo de la realidad social, y en términos técnicos, abordar el análisis de los relatos de vida desde lo individual y lo social. Así, nos interesa estudiar las influencias recíprocas entre

estos tres ámbitos y no estudiarlos a cada uno por separado.

MARCO TEÓRICO

El punto en el que convergen las diversas perspectivas teóricas y los estudios empíricos en torno a la intimidad es la idea de que ésta es una necesidad universal en los seres humanos. El deseo del encuentro con el otro en una relación amorosa y satisfactoria es un factor común en cualquier cultura.

Sin embargo, definir la intimidad no es una tarea fácil si consideramos su carácter subjetivo y el hecho de que pertenece al mundo interno de las personas, no fácilmente accesible. Usamos este término en la cotidianidad, sin detenernos a comprender los significados asociados a este fenómeno de la vida humana.

El término intimidad se refiere a la zona reservada e íntima de una persona o de un grupo,

especialmente de una familia. De esta manera, intimidad designa un camino de dos vías, el encuentro con uno mismo y el encuentro con el otro. El primer caso, el del encuentro, diálogo o vínculo con uno mismo lo denominaremos intimidad personal; el segundo caso, el del encuentro, la apertura, el vínculo, el diálogo con el otro lo llamaremos intimidad interpersonal y es este aspecto de la vida humana al que nos avocamos en este trabajo. En lo subsecuente, usaremos el término intimidad para referirnos a la intimidad interpersonal. Es decir, lo que aquí nos interesa es el encuentro con el otro, y el análisis de la identidad será realizado en función de la comprensión del encuentro íntimo, de vínculo y diálogo de dos.

La revisión de la literatura sobre el tema nos permitió sistematizar los términos del debate sobre la intimidad interpersonal en cinco ejes de reflexión; cabe señalar que estos ejes no son excluyentes, sino complementarios y en ocasiones, se entremezclan algunas de sus propuestas básicas. Los cinco ejes sobre la intimidad son: la intimidad a través de las emociones, la dimensión comunicacional de la intimidad, la intimidad vista como igualdad, la distancia íntima (proxémica) y la dimensión sexual de lo íntimo.

Diversos teóricos, desde diferentes disciplinas, han estudiado el enamoramiento y el amor, emoción fundante de la intimidad. En la sociología, encontramos los aportes de George Simmel (1986), de Francesco Alberoni (1984, 1992, 1994, 1997), Pierre Bourdieu (2000) y Gilles Lipovetsky (1999),. En la psicología, los trabajos de Robert Sternberg (1989, 2000).

El amor es una de las grandes categorías configuradoras de lo existente. El planteamiento

fundamental de Simmel (1986) se centra en la subjetividad asociada con el sentimiento amoroso. El amor, sostiene, crea el objeto como una figura cargada de significación; la representación del otro pasa a formar una categoría fundamental completamente nueva. El amante crea al otro, pero también se construye a sí mismo. Así, afirma Simmel: “Yo mismo, en tanto que amante, soy otro que antes de amar” (1986, p. 44).

La vasta producción teórica de Francesco Alberoni parte de su tesis central sobre los “estados

nacientes”, como una estructura categorial profunda, conformada tanto por aspectos intelectuales como emotivos (1984). Este es el principio organizador de su análisis sobre el enamoramiento y el amor (1992, 1997), el erotismo (1994), la amistad y otros diversos temas. Para Alberoni, el estado naciente es una modalidad específica de la transformación social. En el caso de la pareja, pueden identificarse los dos estados (movimiento e institución). Marido y mujer constituyen una díada cuya relación está formalmente institucionalizada La situación del estado naciente a nivel díada es posible encontrarla en el enamoramiento, esto es, el momento en que dos personas descubren que se aman y viven una experiencia que es, al mismo tiempo, entusiasta y dramática, ya que tienen que romper las relaciones con las instituciones que los preceden y porque el hecho mismo de entregarse totalmente al otro constituye un riesgo existencial.

En el amor reconoce Bourdieu (2000) una serie de características; una de ellas es que el amor es el espacio donde puede darse la no-violencia que hace posible la instauración de relaciones basadas en la reciprocidad y que autoriza el abandono y la entrega de uno mismo. El reconocimiento mutuo permite, citando a Sartre, sentirse “justificado por existir”, asumido, incluso en sus particularidades más contingentes o más negativas. El desinterés permite unas relaciones desinstrumentalizadas, basadas en la felicidad de dar felicidad.

Todas estas características, reflexiona Bourdieu, convergen en una fuerza mayor, la de la economía de los intercambios simbólicos, que representa “[una] forma suprema que es el don de uno mismo, y del propio cuerpo, objeto sagrado” (2000, p. 135), que se excluye de la relación mercantil, porque supone y produce relaciones duraderas y no instrumentales.

La intimidad vista como igualdad y apertura, es sostenida por Giddens (1998, pp. 12-13) quien afirma que la intimidad, concebida como una negociación transaccional de lazos personales, por personas iguales, implica una absoluta democratización del dominio interpersonal, que es homologable con la democracia en la esfera pública.

La comunicación en la intimidad es estudiada por Luhmann (1985) quien aborda el amor, más que como un sentimiento, como un código simbólico, una clave que informa la manera como puede establecerse una comunicación positiva. El código estimula la génesis de los sentimientos correspondientes.

La confidencialidad y secreto son dos términos que se vinculan con las características de la

comunicación íntima. Castilla (1989) concibe la relación íntima como un “abrirse” al otro. Agregaría que esa apertura requiere una base de confianza en el confidente. Lo más importante es el hecho de que la relación, a través de la comunicación entre ambos, queda reforzada a partir de la confidencia. Se crea una complicidad entre ambos. El secreto tiene un carácter vinculante, lleva consigo obligaciones y fuerza a un código de lealtad.

La intimidad vista como proxémica, se refiere al manejo de la distancia entre los seres humanos. Hall (1966) es el teórico que desarrolló esta perspectiva. La distancia íntima es la que corresponde a situaciones donde puede darse el contacto físico real, corresponde al contacto de amistades muy íntimas, a las parejas, o niños en interacción con sus padres. La distancia física, tiene también una dimensión simbólica.

Al vincularse la sexualidad y la intimidad, la sexualidad se separa de la procreación y queda

doblemente constituida, como medio de realización personal y como instrumento primordial y expresión de la intimidad (Giddens, 1988).

VALLE DE CHALCO-SOLIDARIDAD: UN SECTOR POPULAR URBANO

Valle de Chalco se encuentra ubicado al suroriente de la zona metropolitana de la Ciudad de México y es una de las periferias más externas de la ciudad. Existen 32 colonias que forman un continuo y funcionan como una ciudad conurbada a la Ciudad de México. Valle de Chalco representa uno de los mayores asentamientos urbanos recientes de la periferia del área metropolitana de la Ciudad de México, conformada por la magnitud del fenómeno urbano y el acelerado ritmo de crecimiento del proceso de concentración urbana en esa zona.

A finales de la década de los setenta comenzó la llegada de centenares de familias a los terrenos baldíos a esta zona. Estas familias provenían principalmente de los estados del centro y sur del país, quienes habían migrado hacia el Distrito Federal y el área conurbada del Estado de México y de ahí al Valle de Chalco. Estas familias llegaron al Valle buscando un terreno donde vivir y con la idea de formar un patrimonio para sus hijos. Los primeros colonos empezaron a levantar sus casas con muy escasos recursos. No contaban con servicios públicos como agua potable, drenaje, alumbrado, transporte público, servicio médico,

ni escuelas para sus hijos. La inmensa mayoría compró terrenos ejidales. La inversión federal en el Valle permitió la construcción de escuelas, electrificación, regularización de la tenencia de la tierra.

En el municipio, en el año 2000, el total de los habitantes del Valle de Chalco fue de 323,461, de los cuales 160,938 (49.8%) son hombres y 162,523 (50.2%) son mujeres. De esta población, 115,206 habitantes son menores de 15 años (40.13%); 190,376 está entre los 15 y los 64 años (66.32%); 6,324 son mayores de 65 años (2.2%), y 11,555 no fue especificado (4.03%) (INFDM, 2000).

La población del Valle de Chalco ha sido caracterizada por Lindón (1999) desde cuatro aspectos. El primero de ellos es el nomadismo residencial, este es un rasgo muy característico de los habitantes del Valle de Chalco quienes cambian reiteradamente su lugar de residencia. Esta movilización continua, indica Lindón, señala cambios en sus trayectorias de vida, asociados con las implicaciones que conlleva la movilización de la residencia.

Los hogares jóvenes son el segundo aspecto predominante en la población del Valle. Lindón (1999) identifica dos fenómenos característicos de los hogares de esta zona de la periferia de la Ciudad de México: uno, el que es una población joven (El promedio de edad de los habitantes del Valle de Chalco es de 22 años). El otro fenómeno, derivado del primero, es que los hogares, de acuerdo al ciclo vital, transitan por una fase de expansión o constitución y esto tiene fuertes repercusiones en la vida familiar y laboral de estas familias. Para Lindón, ambas condiciones dan lugar a otro rasgo sociodemográfico importante, el que son familias de tipo nuclear.

La movilización residencial como estrategia de supervivencia es el tercer aspecto. La movilización de la residencia al Valle de Chalco puede ser considerada como una estrategia territorial de supervivencia que se asocia a la fase de constitución o de expansión del ciclo vital. Este es el momento en que los hijos son de corta edad lo que limita que la esposa pueda actuar como trabajadora.

La búsqueda de la inserción laboral por cuenta propia es la cuarta característica de esta población.

Lindón (1999) menciona que una cuestión notable es la inestabilidad laboral, y esto es una constante en la población del Valle de Chalco, de ahí que traten de tener un “negocio”, que atienden ambos cónyuges, o al menos uno de ellos.

EL MÉTODO CUALITATIVO: INTERACCIÓN Y LENGUAJE

Se realizó una investigación cualitativa (comprensiva) y exploratoria. Se utilizaron relatos de vida como recurso para obtener la información de las experiencias y significados de las parejas participantes.

El trabajo de campo fue realizado de agosto de 2000 a julio de 2002 y comprendió cuatro fases. La primera fase consistió en una observación no dirigida en la que visité diferentes colonias del Valle de Chalco con el fin de elegir las más convenientes para realizar el trabajo de campo, eligiendo dos colonias: Américas y Niños Héroes, siendo la primera el asentamiento más reciente, con mayor pobreza y la segunda por su ubicación contigua a la primera, con mejores condiciones de vida. La segunda fase fue un acercamiento a la comunidad, con el fin de construir una base de confianza seguí diferentes formas de aproximación, en forma

de conversaciones informales con diversas personas y con líderes comunitarios, pláticas a padres de familia en una escuela primaria, en iglesias, y ofrecí un curso-taller en el Centro de Desarrollo Comunitario Juan Diego, I.A.P. La tercera fase, fue la realización de las entrevistas, entre octubre de 2000 y julio de 2002.

Finalmente, en junio de 2002, realizamos la conclusión y cierre del trabajo de campo, despidiéndonos de las personas e instituciones que colaboraron para lograr el desarrollo del trabajo de campo. Se obtuvieron un total de 129 entrevistas.

El tamaño de la muestra fue de 23 mujeres y 12 hombres en relación de pareja. De las mujeres entrevistadas, objeto de este trabajo, 17 fueron de la Colonia Niños Héroes y 6 de la Colonia Américas, del Valle de Chalco. Este número fue ajustado de acuerdo al principio de saturación. Los participantes tuvieron entre uno y quince años de unión conyugal, siendo estas etapas cruciales, tanto de tensiones como de ajustes.

La construcción de los textos cualitativos a partir de los relatos de vida

Con el fin de construir los textos cualitativos a partir de los relatos de vida, seguimos varios

procedimientos. En primer lugar, las entrevistas fueron grabadas en audio casetes y luego se transcribieron, transformándolas en texto escrito La información obtenida, en consecuencia, fue el discurso lingüístico de dichas entrevistas. Hemos realizado la transcripción textual de 112 horas de grabación, incluyendo las verbalizaciones y el paralenguaje de los entrevistados, que resultó evidente en las grabaciones.

En segundo lugar, elaboramos los esquemas analíticos que sirvieron de puente entre el texto que resultó de la transcripción, y el nivel interpretativo de los significados característico del análisis de contenido.

Para realizar este nivel de análisis, construimos un modelo analítico y dos instrumentos que integraron los ejes teóricos con los textos y que sirvieron de filtro para la lectura analítica del material obtenido.

El modelo analítico que permitió interrogar y comprender las experiencias y significados de las parejas participantes, estuvo constituido por tres momentos metodológicos: uno para estudiar la intimidad, otro para la cotidianidad y otro para la identidad. Las categorías de análisis de la intimidad fueron: sexual, interaccional, emocional, cognoscitiva y comunicacional, para los roles de género relacionales: tradicionales, transicionales y modernos. Para la identidad: subjetividades femeninas y masculinas.

Para la construcción del modelo analítico me basé en el objeto de estudio y las categorías analíticas en él contenidos, sustentado en los teóricos principales que han abordado la intimidad, la identidad y los roles de género en la relación de pareja, así como en los temas centrales que emergieron de los relatos de vida de los participantes.

En el Esquema 1, en la sección izquierda presento las categorías analíticas contenidas en el objeto de estudio y en la sección derecha, los aspectos que identifiqué en cada una de los relatos de vida, que fueron codificados y comparados.

————-Esquema 1. Modelo analítico

CATEGORÍAS ANALÍTICAS

TEMAS EMERGENTES

IDENTIDAD

El contexto de la familia de origen

Trayectoria de vida (en la niñez y adolescencia)

· Relación con la madre

· Relación el padre

· Relación con los hermanos

· Relación entre los padres

· Relación con otros

· Primeras relaciones de pareja

Descripciones de sí misma/ o

Descripción del cónyuge

LA DINAMICA DE LA RELACIÓN “NOSOTROS”

Cruce intimidad e identidad

INTIMIDAD

Trayectoria de la pareja

· Inicio de la relación actual

· Motivos de la unión

· Eventos significativos

· Motivos de la unión conyugal actual

Vida actual de la pareja

· Dimensión afectiva

· Dimensión sexual

· Dimensión cognoscitiva

· Dimensión comunicacional

· Dimensión interaccional

· Maternidad/ paternidad

· El patrimonio

· El manejo del dinero

Contraste situación ideal y actual de la vida de pareja

Los proyectos de la pareja

Relación con las familias de origen

Relación con otros

LA NEGOCIACIÓN DE LOS ROLES EN LA CONYUGALIDAD

Cruce intimidad y roles relacionales de género

ROLES DE GÉNERO RELACIONALES

Roles de genero en el ámbito doméstico

Roles de género en el ámbito público

TRAYECTORIAS IDENTITARIAS EN EL HACER COTIDIANO

Cruce identidad y roles relacionales de género

CONSTRUCCIÓN DE LA C ONYUGALIDAD

Cruce de las intersecciones

————-

Para abordar la complejidad de las producciones narrativas seguimos dos caminos o estrategias, que corresponden a dos coordenadas en el análisis del material; una lectura vertical que analiza las biografías individuales, y una lectura horizontal que contrasta los discursos individuales, desde las categorías de análisis.

La primera coordenada correspondió al eje vertical en la lectura de los relatos de vida. Así, diseñé una matriz que permitiera organizar el material a partir de un eje temporal que le diera un orden a las trayectorias biográficas de los relatos. Esta primera entrada al material producido llevó varios objetivos; uno, que la lectura de los relatos, en el análisis posterior, facilitara la ubicación del acontecimiento narrado en el momento correspondiente a la biografía del narrador; en segundo lugar, identificar los ejes temáticos y otros aspectos centrales.

A esta matriz la denominé Mapa del mundo de la vida del narrador, donde recupero la idea de Schutz (1974) que concibe el mundo de la vida, o mundo de la vida cotidiana, como el mundo intersubjetivo en el que las personas crean la realidad social, y que a la vez está sujeto a las constricciones que ejercen las estructuras sociales y culturales previamente creadas por sus predecesores.

El mapa del mundo de la vida del narrador fue estructurado en 6 ejes y en su elaboración me basé en diferentes autores como Lalive D’Epinay (1990), Goffman (1981) y Piña (1989). El primer eje fue el de la dimensión temporal, que corresponde a los diferentes tiempos en las biografías de los narradores. El segundo eje fue el de los personajes que emergen en el relato, que representan el universo de relaciones significativas para el narrador. El tercer eje fue el de los episodios, que representan el contenido de los eventos narrados. El cuarto eje fue el de los escenarios que son los lugares en donde se desarrolla la historia; El quinto eje se refiere a las emociones y actitudes que la persona toma frente a los eventos narrados, que correspondería a la “calificación” o postura del narrador frente a la rememoración de cada

acontecimiento.

Finalmente, el sexto eje fue el de los temas emergentes, que representaron una primera identificación de los grandes temas de las narraciones.

En el análisis horizontal comparamos los discursos de los participantes, por cada una de las

categorías contenidas en el modelo analítico. Inicialmente realizamos un análisis comparativo entre los discursos de los participantes de las dos colonias en las que se realizó el trabajo de campo. Sin embargo, no hubo aspectos que lograran una diferencia entre uno y otro espacio en el Valle de Chalco. Esto se debió a que las diferencias sociales y económicas entre los dos grupos son mínimas. Donde sí se pudo establecer un fuerte contraste fue entre los hombres y las mujeres participantes en la investigación. Así, se realizó un concentrado por cada una de las categorías analíticas para las mujeres en relación de pareja, y otro para los

hombres en relación de pareja.

Posteriormente, realicé la comparación por cada una de las categorías de análisis entre los hombres y las mujeres en relación de pareja, identificando las similitudes y diferencias al interior de los grupos y entre los grupos. La interpretación de los textos fue la última fase del análisis, en ella articulamos la teoría revisada con los resultados de los análisis vertical y horizontal de nuestra información.

RESULTADOS

La vida conyugal actual

Los discursos en torno a la vida conyugal se articularon, de la misma manera que en la revisión teórica y de estudios empíricos sobre la intimidad, alrededor de las cinco dimensiones previamente planteadas:

afectiva, comunicacional, cognoscitiva, interaccional y sexual. A estas dimensiones se suman otros tres aspectos centrales en la formación de los vínculos conyugales en este contexto: los pactos solidarios, las construcciones comunes y los hijos.

Considero que la pareja constituye un vínculo intersubjetivo privilegiado, que permite el despliegue de las identidades de cada uno de sus miembros. Supone la convivencia de dos estilos existenciales diferentes, que se derivan del distinto posicionamiento subjetivo de “ser con el otro”, que llevará a resignificaciones del ¿quién soy?, ¿quiénes somos nosotros? y ¿qué hacemos nosotros? en la cotidianidad.

Los estilos masculino y femenino, conformados a través de la socialización de lo que significa “ser hombre” y “ser mujer”, entran en la cotidianidad, en la co-habitación, a una infinita posibilidad de combinaciones.

La dimensión emocional

La intimidad emocional de las parejas se despliega en un amplio espectro expresivo. En general, las mujeres se definieron como más expresivas en la manifestación de sus afectos que los hombres, esto se inscribe en los discursos sociales en torno a lo esperado para los roles femeninos. Una demanda común en las narraciones de las mujeres fue que sus esposos no expresaban sus afectos, lo que coincide con lo expresado por Duncombe y Marsden (1993), en el sentido de que muchas mujeres expresan su infelicidad o incapacidad para tener intimidad emocional con sus parejas, lo que les parece necesario para sostener

relaciones de pareja cercanas.

[…] y siempre así ha sido de, siempre, siempre, siempre. Él na’ más a, él no… si le das un beso, no porque no es un santo… si lo acaricias, no porque no es un ídolo, dice, que no, nada más los ídolos se acarician, nomás los santos se besan. Que si lo, este, si le dices cosas bonitas, no, no, qué te pasa – dice – si no soy qué –dice- no soy tu estampita para que me estés rezando. De todo se enoja. De todo, de todo, de todo se enoja. Y usted me preguntará por qué me junté con él, ¿verdad? [Nora].

Es como muy reservado y por otro lado tiene sus sentimientos para siempre adentro, o sea, como que pone una barrera.

Y como que no deja que nadie entre, nadie le conozca lo que él siente. Ni aún a mí que soy su esposa [Nidia].

El sentimiento amoroso, en algunas mujeres, fue capaz de producir la integración conyugal. En estos casos, ellas mencionaron que continuarían en la relación mientras durara el amor que sentían hacia ellos.

Esto se inscribe dentro de lo descrito por Giddens (1998) en torno a la relación pura.

En otras mujeres, la intensidad del afecto no fue descrita como amor, sino como “cariño” hacia sus compañeros; esto fue debido a cualquiera de dos aspectos, por un lado, la entrada a la relación por parte de la mujer estuvo motivada principalmente por las recompensas que ofrecía la relación, y no por el afecto (que el hombre fuera responsable, que aportara económicamente, que formara un hogar, una casa). Por otro lado, la distancia en la intimidad afectiva ocurrió generalmente a partir de eventos marcantes en las trayectorias de

las parejas. Para las mujeres, la infidelidad de sus cónyuges marca un antes y un después en la relación. Los afectos de las mujeres, posteriores al descubrimiento de la infidelidad, fueron de coraje, tristeza y desconfianza en el otro.

La violencia de los hombres no marcó, en buena parte de las narraciones femeninas, una ruptura del sentimiento amoroso de las mujeres, sino que generó una ambivalencia afectiva, con sentimientos de amor y de coraje. En ocasiones, la violencia y la búsqueda de cercanía estuvieron unidas en la comunicación de los varones, lo que produce en ellas, además de sentimientos contradictorios, el sentirse confundidas Los hombres, desde los discursos de las narradoras, fueron percibidos como reservados, cerrados, amargados, nobles, desconfiados (celosos), apoyadores, agresivos (gritones), y cariñosos cuando están borrachos o cuando quieren una reconciliación. Esto también tendría que ver con lo esperado para los roles

masculinos, cuando la expresividad emocional es percibida como debilidad y como propia de las mujeres.

La expresividad emocional de los varones, desde sus propios discursos, estuvo asociada con

diferentes aspectos. Algunos hombres expresaron en sus narraciones un vínculo entre amor y sufrimiento, dijeron así querer a sus esposas porque habían sufrido junto con ellos, porque se habían aguantado.

[…] No, pus, que la quiero mucho. Sí, la quiero bastante, o sea, sí la quiero, la quiero mucho, este, y a aparte de eso, este, de que pus la, la ha sufrido junto conmigo, se ha aguantado mucho. O sea, por eso la quiero más. O sea, que ella nunca me exige, me pide pero, o sea, llega un límite en que cuando ella está consciente de todo, o sea no, no es de las

mujeres que traen un anillo, un reloj bueno, o andan bien vestidas, mmm. Ella sabe que cuando se puede ahí está, hemos tenido problemas como le he contando, hemos tenido problemas por eso, porque yo creo que es cuando tenemos mucho estrés, cuando estamos hasta de problemas es cuando estallamos, pero estando bien no, no por nada y se lo digo a

usted no, no, mi esposa es bien padre [Luis].

Otros hombres también mencionaron un incremento de la intimidad emocional con sus esposas

cuando tuvieron experiencias dolorosas comunes, como la enfermedad o la pérdida de un hijo.

Para algunos hombres, la expresión de las emociones era algo propio de las mujeres. La distancia en la intimidad afectiva en la relación de pareja se asoció en los hombres con una diversidad de experiencias y de signficados. Para algunos, su fuerte preocupación por lo económico eclipsó sus sentimientos y la demostración de afectos cálidos hacia su pareja. En estos casos resulta evidente cómo ejercer el rol de proveedor en condiciones de pobreza influye en la expresión de los afectos.

[…] entonces de repente sí me desespero cuando aprieta la crisis económica… y así como que ,híjoles, ¿no? y es ahí cuando me deprimo mucho… y eso hace que con Dora sobre todo, [sea] un poco áspero, de repente pues sí platicamos y todo, pero ella es la que me abraza y es la que me anima, pero me cuesta trabajo regresarle la respuesta… pues me pongo a pensar, de repente, que se hayan quitado mis ausencias, porque estamos platicando, y es como, por ejemplo, yo ahorita veo la varilla y digo, ¿cuando echaré los castillos, cuándo?

Pero entonces me he transformado, me he transformado nuevamente mucho antes [¿En qué te has transformado?] En un hombre sencillamente presionado por el recurso económico [Pablo].

Los conflictos en la relación de pareja fueron generadores de coraje, frustración y dolor en algunos hombres que no expresan sus afectos y encontraron una vía de salida a través del alcohol y de los amigos, salida aprendida en la etapa adolescente.

La distancia en la intimidad afectiva también ocurrió cuando en las situaciones de conflicto su pareja y ellos se perdieron la confianza y el respeto.

Finalmente, aunque no menos relevante, los celos, que forman parte de esta configuración de afectos que generan distancia en la relación; el temor por el posible engaño o la pérdida de sus compañeras fue un tema frecuente en los discursos masculinos.

La dimensión comunicacional

Los entrevistados hicieron referencia a experiencias de cercanía y de apertura en la comunicación entre ambos, hasta rupturas en la comunicación caracterizadas por el silencio.

La comunicación en la pareja, narrada desde las mujeres, se caracterizó, en muchas ocasiones, por el conflicto o por la distancia. Ellas estuvieron más dispuestas a hablar sobre las tensiones en la vida conyugal que sus esposos.

Como que siento que a mí ya también se me acaban las fuerzas, o me cansé de que hablo con él, toda la vida he hablado con él: “es que yo soy tu esposa, tú eres mi esposo, tú eres mi marido, ¿para qué?, para resolver las cosas juntos, para enseñarle a los hijos juntos, no nada más yo”, pero es que no quiere, va a dormirse [Ana].

Cuando la comunicación verbal estuvo cerrada, las mujeres estuvieron atentas a las claves no verbales de sus maridos, a los pequeños gestos y acciones que se expresaron en el silencio de la interacción.

La comunicación y el manejo del poder en la relación están vinculados. La falta de comunicación de un hombre se debió a que él sentía que ella no valoraba sus opiniones, lo que para este hombre implicaba un cuestionamiento de su “autoridad de marido, de cabeza de hogar”, su rol masculino en la relación, por lo que, en consecuencia, no estuvo dispuesto al diálogo..

La agresión de los varones, expresada por las narradoras, fue tanto física como simbólica, a través de la descalificación de sus compañeras. Ante esto, ellas tuvieron diversas formas de defensa, expresiones como “sacar las uñas”, volverse “bien canija”, “no ser dejada”, fueron comunes en las narraciones.

Ellas respondieron a la violencia física con violencia física, aunque también consideraron que formas sutiles como la dilación en el cumplimiento de las demandas masculinas, o “darle el avión”, fueron formas de agresión. En un fragmento del relato de Raquel, podemos ver una de las formas que puede tomar la identidad en la relación; en este caso, al “dar el avión” esconde sus pensamientos y sentimientos, presentando ante él una actitud diferente, acorde con su rol de esposa, diferente de lo que ocurre en su mundo interno, que guarda en el dominio de la imaginación. Para Kaufmann (1992), cuando las reglas de interacción se desarrollan en disonancia con la representación de sí mismo, su pesadez hace más difícil todo

movimiento en el establecimiento de costumbres como proceso central en la integración conyugal.

[…] y yo no sé por qué es así, muy, este, muy autoritario, quiere hacer lo que él, él diga, pero desde que hizo eso [infidelidad], me he vuelto muy, muy agresiva con él. Le contesto, me dice esto, no le respondo, este, me dice, haz esto, me tardo como unos quince minutos antes de hacerlo… será por lo mismo de que… porque antes me decía hazme esto, no, iba a la carrera; hazme lo otro, hazme esto, y ahora no, pero no sé si le está haciendo daño a, más que nada a la niña, porque ya está grande, y ella se fija en todo lo que yo le digo, en todo lo que yo hago.

[…] sí, le digo que me vale gorro lo que haga o deje de hacer… O me platica, ay, mira hice esto, ay, le digo, está bien, qué bueno; ya le doy el avión y ya. Me doy el gatazo; me daba una manita de gato, dije, ay, ya va a llegar. Porque me, me dije, ay, ya va a venir [Raquel].

Pocas mujeres expresaron que tuvieran una relación abierta y de confianza con sus cónyuges, lo que no es de extrañarse, si sus modelos de relación internalizados generaron tipificaciones de conflicto y lejanía en las relaciones de pareja. Lo novedoso está representado por la posibilidad de establecer límites frente a las conductas agresivas masculinas y la búsqueda de una apertura en el diálogo con sus compañeros.

La comunicación en la pareja, narrada desde los hombres, se traduce generalmente en una tensión por el ejercicio del poder en la relación. Los hombres se vieron confrontados por las actitudes de búsqueda de igualdad de sus compañeras, que se inscriben en los nuevos discursos sociales en torno a lo que significa “ser mujer”. Si la legitimidad de su posición como “cabezas de familia” la centran en el ejercicio del poder autoritario, las nuevas actitudes femeninas cuestionan los acervos de los que parten en sus definiciones de sí

mismos, y de sí mismos en relación.

La visión que tienen de sí mismos en estos enfrentamientos cotidianos, relacionados con la

comunicación y los roles en el ámbito doméstico, lleva varios sentidos, y muestra las diversas fases del continuo de cercanía y lejanía en la dimensión comunicacional que establece en la relación con sus parejas.

Hemos identificado cinco características principales.

La primera de ellas es la de la igualdad y la escucha mutua, que se expresa en el relato de Eduardo, que en su discurso solamente desearía excluir un tema: su familia de origen.

[…] ella me puede decir, este, bien lo que siente, igual que ella me escucha y hasta ahora sí, ¿no?, si algo en alguno de nosotros, para mí es muy importante el avance que ha habido… o sea, que necesitamos tiempo para que yo la escuche y ella me escuche, pues también, porque ahora que estamos solos siento que, que ahora puedo decir, este, ni yo veo los

problemas tanto de, de su familia, ni ella también tiene por qué estar juzgando [Eduardo].

La segunda característica señala una división entre el discurso y el hacer, con referencias a la

igualdad, pero con una búsqueda de ejercer el poder en la relación, esto se expresa en la viñeta que se presentan a continuación.

Yo no la quiero como esclava, sí, porque no es mi esclava; ahora con la nueva ley, que según de igualdad, siempre ha existido esa ley, pero ahora se le ha hecho mucha difusión, que la igualdad, la igualdad, y posiblemente ella se agarre de ahí […] Entonces, yo como una persona, que estoy casado con mi esposa, que tengo hijos, por lo menos, que puedo

esperar o que debería de esperar, es que estuviera mi ropa limpia, estuviera la comida hecha, estuviera al menos la casa presentable [Andrés].

La tercera característica está representada por el rendimiento ante las tensiones conyugales, con lo que se miran a sí mismos como “mandilones”, ya que la rendición se refiere a colaborar en las tareas domésticas o a “doblar las manos” en los conflictos con sus cónyuges, esto se sustenta desde los siguientes fragmentos de relatos.

[…] y orita se burlan porque, ¿cómo le diré?, o sea, es como le digo a usted, te las das de muy tigre aquí y… sí porque ve que no, no, no, para enojarse era yo nada más y nadie, nadie me alzaba la voz. Y pus orita no, digo que ya, ya caminamos. Me domaron… Ahora sí que soy como un mandilón. Muy dejado. Y sí resalta, a la vista se resalta, cómo era

antes y ahorita cómo soy. Porque todos se han dado cuenta, luego van, ven que estoy guisando, entonces se dan cuenta cómo he caído. Y pues las burlas, las burlas. Digo: “A mí pa’que me vean así, va a estar cañón –digo- a mí pa’ que me mande una vieja ¡no! El que va a mandar dentro de su casa soy yo”. Y cómo era que…le digo que no le dije mentira.

Dicen: ¿dónde está el tigre?, ¿dónde está el tigre? Está guisando.

La cuarta característica está representada por el ocultamiento y la mentira, en el sentido de que algunos hombres evitaron los conflictos con sus cónyuges, manteniendo ocultos sus sentimientos de enojo, o mintiéndole a la pareja como vía de salida.

Finalmente, una quinta característica que expresaron algunos hombres, una agresividad incrementada.

También algunos hombres narraron actitudes hostiles por parte de sus compañeras, aunque no de manera física, sino simbólica, a través de la descalificación.

La dimensión cognoscitiva

Este fue un aspecto poco mencionado por las entrevistadas. Si la comunicación en la pareja presenta obstáculos, en consecuencia, la comprensión mutua difícilmente puede darse. Sin embargo, para algunas mujeres, las experiencias compartidas con sus esposos, en la comunidad de sentido construida por ambos, abre la posibilidad de una mayor comprensión y apoyo por parte de ellos. Para algunas mujeres, fue un aspecto importante ser comprendidas por sus esposos.

Entonces, como yo le platicaba y le decía a él: “es que ahorita yo te necesito más porque pus, estoy pasando todavía, estoy pasando una situación muy difícil, que para mí no es fácil” – le digo- “lo que a mí pasó” [la muerte de su hija]–le digo -. Entonces, en mí, yo así que como pareja, yo ahorita necesito más. O sea, no es porque yo lo quiera como ella me dijo

[su suegra], es que tú lo quieres tener pegado a ti. No es eso, sino que yo siento un apoyo en él por lo que me pasó. No es lo mismo buscar el apoyo de mis padres, que buscar el apoyo de mi marido, ¿no? Pues la diferencia en que yo me siento más apoyada con él. O sea, no porque mis padres no apoyen. O sea, yo siento que él me puede comprender mejor que mis padres porque él también vivió el dolor que yo [Nidia].

La comprensión en la pareja fue un aspecto poco mencionado por los entrevistados. Algunos

mencionaron una comprensión mutua en la relación y para otros, resultó importante concebir a la familia como una unidad, separada de sus familias de origen.

Principalmente con ella ¿no?, casi con la gente no. No me meto, a mis alrededores ni … yo con ella a veces, sin querer a veces sale una mala palabra, y ya me dice: “Oye pus no te manches, me estás insultando, me dijiste esto y el otro”. Dije: “No te voy a seguir insultando”. La abrazo y ya se olvida totalmente todo. Y yo le digo: “¿Sabes qué?, vamos a hacer esto

y lo hacemos”. O ella me dice: “¿Sabes qué? mejor le hacemos así “, “Órale, vamos a hacerlo”. Y disque vamos al mercado, vamos a ver esto, vamos a comprar ropa o las niñas necesitan zapatos ¡Pues vamos! Ya vamos saliendo de todo esto y nos comprendemos totalmente [Sergio].

La dimensión interaccional

El tiempo y el espacio que las parejas pudieron y quisieron compartir juntos, representaron aspectos de tensión y de conflicto. Las mujeres expresaron con frecuencia el deseo de que sus esposos estuvieran en su tiempo libre los fines de semana con ellas y sus hijos. Para ellas fue frustrante que sus compañeros prefirieran reunirse con sus amigos, salir a la calle. Esto estableció una distancia en algunas parejas, por las expectativas femeninas no cumplidas de compartir junto con sus hijos, un tiempo de contacto y diversión con sus cónyuges. Muy pocas mujeres tenían trabajos formales por lo que la mayor parte de su tiempo durante la semana estuvieron en el espacio privado de sus hogares, lo que continuó los fines de semana, y esto generó en algunas mujeres una sensación de encierro.

Y es lo que hablo con mi esposo: “Mira, vamos a dedicarnos a ellos, vamos a jugar al campo”, “no, tengo sueño, tengo flojera, no, estoy cansado”, pero llega el domingo y eso sí, se va a su paraíso. Entonces llega mi hijo el grande, bien alerta dice “para nosotros no tiene tiempo, pero para su juego, sí” [Ana].

Para los hombres, el tiempo y el espacio compartidos, no fue enfatizado con la misma intensidad que las mujeres. Para los que sí incluyeron esta dimensión en sus narraciones se refirieron a la negociación y a los acuerdos mutuos en el uso del tiempo libre, y no por imposición de ellos. También mencionaron que buscaron que las actividades de recreación entre ambos fueran creativas y rompieran la rutina, pero

enfatizaron su necesidad de tener espacios y tiempos propios, en la calle, con los amigos, independientes de su cónyuge. En un entrevistado se presentaron roles trocados, en el sentido de su deseo por poder compartir con su esposa el tiempo libre, a lo que ella no estaba dispuesta.

Más bien en las ideas, ¿no? O sea, que, por, de, por ejemplo le digo: “No, ¿sabes qué?, que va, tú qué planes tienes”. “Bueno, pus, nada”. No, nada más se hacía lo que, o que yo decía, vamos a tal lado. No pus, ora ella también ya, ya este, ¿sabes qué? yo quiero hacer esto o vamos a, al panteón, vamos a comprar cosas que nos hacen faltan. Entons ya

acomodamos nuestro horario, el horario, porque como le digo, ya antes. Creo que ya na’ más le decía: No, ¿sabes qué? vamos a hacer esto y esto. Y ya ahora ella ya también [Héctor].

La dimensión sexual

La vida sexual de las mujeres narradoras presenta una diversidad de formas expresivas. Sin embargo, hay aspectos que aparecen como hilos conductores de la sexualidad femenina en relación de pareja. Estas constantes en los intercambios sexuales son un reflejo de los discursos sociales en torno a la sexualidad femenina, asumidos por las mujeres a través de procesos de socialización.

La sexualidad es vista como deber. Algunas mujeres consideraron que las relaciones sexuales eran una forma de “cumplir” lo que consideran que eran sus deberes como esposas.

La represión de la sexualidad, en algunas mujeres, estuvo relacionada con una diversidad de

aspectos. En primer lugar, con los aprendizajes tempranos, mezcla de los discursos sociales introyectados, y en ocasiones, por el abuso sexual en su infancia, que generaron un rechazo a su propio erotismo y a su placer. También, en algunas mujeres, fue una consecuencia del uso de la violencia por parte de sus compañeros. En estos casos, en los que los encuentros sexuales estuvieron atravesados por la agresión, el hombre buscó expresar en el encuentro sexual su dominio frente a la mujer, de la que esperó una actitud sumisa.

El derecho a sentir placer fue expresado por algunas mujeres. Ésta es una veta innovadora con relación a modelos tradicionales de la sexualidad femenina, hacia formas de goce de la experiencia sexual.

La intimidad sexual satisfactoria resultó, para algunas mujeres, una tregua en las batallas cotidianas, caracterizadas por los conflictos con sus compañeros.

El espacio y la expresión de la sexualidad están relacionados. Las condiciones físicas de

hacinamiento son generadoras de tensiones, tanto en la mujer como en el hombre (desde los relatos de ellas), en la intimidad sexual de las parejas en Valle de Chalco. Representa construir la intimidad sexual en espacios no íntimos.

Me dice, vente, apapáchame. Ah, ahorita. Ay, dice, vente pues a apapacharme, ah, ahorita … no, a veces no … y cuando tiene esas cosas bonitas que a mí me gustan, mire, ay, pues ahora sí que se saca un diez, pero no, no me hace cambiar. Creo que cuando pasa esa fantasía, volvemos a lo mismo, porque pues es algo bonito entre dos, este, ya estoy más, más grande, más, más, más madura en eso y sí lo siento, pero ahora, ya cuando termina todo eso… se, cada quien se pone en su lado y ya otro día seguimos igual … Así, con que hayamos pasado la noche bien, a otro día me, de cualquier cosa nos peleamos [Raquel].

Mejor más valía que nunca hubiera yo sentido eso. Por que es muy feo que si ya lo sentiste, quieras volver a sentir eso y ya no se puede. Y si se puede, él no quiere. No quiere porque él no se presta para eso. Él está – le digo -, él viene de esa sierra y él dice que allá las mujeres na´más son para que les laven, les planchen, les hagan de comer, les cuiden a sus

hijos, y para que estén cuidando su casa, no para estar pensando en cochinadas. Pues, yo digo que no. Porque imagínese, como ellos sienten también nosotras tenemos derecho a sentir eso, ¿no? [Nora].

La identidad masculina ubica como uno de sus ejes de valor la demostración de su virilidad. En el encuentro con sus cónyuges, esto resulta también una constante. Esta demostración de su hombría tuvo que ver, en ocasiones, con el sometimiento de sus compañeras, con el rendimiento de la mujer, sin que ella estuviera dispuesta a participar en el encuentro sexual. También resultó significativo para algunos hombres ser el que enseña a la mujer en lo concerniente a lo sexual. En varios discursos masculinos, a la mujer se le percibe como “fría”, como poco dispuesta a la intimidad sexual; esto se tradujo en que ellas, en la mayor

parte de las narraciones de ellos, no fueron las que tomaron la iniciativa para tener relaciones sexuales. La distancia femenina en el encuentro íntimo, que aparece en los discursos de los varones, tuvo varias formas de expresión: utilizar a los hijos para evitar el contacto o, aún en el intercambio sexual, mostrarse ausentes. Las demandas femeninas por disfrutar junto con sus cónyuges introduce un elemento de confrontación con los modos masculinos de acercamiento sexual. Ellas demandaron, por un lado, junto con el goce sexual, la demostración de los afectos masculinos como elemento necesario para despertar su deseo y expresarse

sexualmente, a lo que algunos no estuvieron dispuestos a ceder. Para uno de ellos, su preocupación por lo económico fue un factor que le impidió ser más afectuoso y demostrativo emocional y sexualmente con su esposa. Por otro lado, las mujeres quisieron más tiempo en el encuentro para llegar al orgasmo, lo que ellos no cumplieron. En la narración de un hombre, se siente cuestionado por la expresión de la sexualidad de su compañera como deber, ante esta situación trató de encontrar caminos de acercamiento para el disfrute de ambos.

Algunos hombres buscaron el placer compartido con sus parejas, iniciar el encuentro íntimo sexual por acuerdo mutuo, para que ellas no se sintieran acosadas, y abrir la comunicación para que sus compañeras expresaran sus deseos y necesidades en torno a lo sexual, aunque no se encontraron referencias de que ellos estuvieran dispuestos a hablar de sí mismos en torno a este tema.

Le digo: “yo no quiero eso, mejor, este, dímelo si no tienes ganas de tener relaciones en este momento” le digo: “pues mejor dímelo y no me dejes pus, ora si que ahora sí que a mí, alucinarme de que pus, te está gustando, termino yo complacido y tú no. Pues el chiste es de que, de que los dos nos siéntamos contentos, a gusto, hasta teniendo relaciones, platicando, jugando -le digo- para todo, este, pus hay que quedar contentos, le digo, si no, no vamos a llegar lejos y no vamos a durar mucho tú y yo”. Me dice: “no”, dice, “es que luego”, dice, “luego tengo así como pena de decírtelo todo eso”. Le digo: “pero no debes de tener pena”. Le digo: “la pena déjala para, este, si te llegan a encontrar robando”. Pues sí, ¿no? Eso sí es pena, bueno por lo menos para mí, eso sí es pena [Gabriel].

Ya llegó la hora de acostarnos y le digo “bueno, pues yo quiero estar contigo”, dice “gánatelo”, “ah, pues yo ya di mi gasto, ya estoy aquí, ya fui a trabajar, entonces ¿qué más quieres?” [Andrés]

Los hijos como alianza

Si la entrada a la relación conyugal lleva a una reconstrucción identitaria a la mujer y al hombre, la maternidad resulta también una experiencia central, en los discursos de las entrevistadas, que da lugar a una redefinición de sí mismas. Esto fue una constante en la mayor parte de las narraciones de las mujeres. Los hijos constituyen su motivación por salir adelante en el presente y su proyecto de vida futuro. Para Rage (1997, p. 143), la llegada de un hijo supone un fuerte cambio en la vida de la pareja porque “crea padres”, y

con ello implica que se da un cambio en la identidad de cada uno de los cónyuges.

La entrada a la maternidad y a la paternidad, además de incluir un nuevo elemento transformador en las visiones de sí mismos, también dirige la mirada a los ancestros, esto es, a sus propios padres y se contrasta con la visión ideal de lo que ellos mismos quieren hacer como padres, cuestionando relaciones conflictivas, agresivas o de abandono. Esto podemos observarlo en el relato de Cristina, quien dice, “yo voy a ser mejor madre que mi madre”, lo que tiene una connotación restitutiva, a través del deseo de que su hija tenga una vida distinta a las relaciones agresivas entre sus padres y ella, que caracterizaron su infancia:

Pero trato de no pelearme por mí, por mi hija, sí, por ella, porque digo, yo mi, mi, mi, mi, este, infancia fue pues triste porque viví entre los golpes de, de mis padres… Entonces, pues siempre yo me sentía así, ¿qué te pasa, no? Y digo, no, yo voy a ser mejor madre que mi madre [Cristina].

La verdad es que no sé ni cómo salí, ahorita se puede decir que por el hecho de que tengo a mis hijos, ¿no?, de que digo, pues ellos no van a pasar lo mismo que yo, y no quiero que les pase lo mismo, entonces yo creo que es una de las cosas principales, de las que, por las que he salido adelante […] entonces mi razón principal son mis hijos, mis hijos, porque ni

mi marido, porque en un momento dado me dice hasta aquí, igual, o sea, yo siento que me va dar igual, igual, que se vayan, que se queden, pero enfocándome en mis hijos, pensando en ellos, que no pasen lo mismo [Eva].

Los hijos representaron, para algunas mujeres, un lazo fuerte que las vincula con sus cónyuges. Algunas mujeres sostienen la relación de pareja por sus hijos. Presentan un ideal de vida familiar en la que la participación del padre resulta central. Algunas no contaron con la presencia de sus padres en la infancia y no desean que sus hijos tengan esa carencia, el “quiero que mi hijo tenga un padre” fue un motivador fuerte que sostuvo el vínculo con el cónyuge. Ellas tratan de llevar a la educación de sus hijos formas diferentes de las que vivieron en las relaciones con sus padres, e intentan que tengan mejores condiciones de vida que las que ellas tuvieron. Los hijos, para algunas mujeres, ocupan el lugar central en sus afectos, antes que su esposo o que sus padres.

Algunas mujeres, sin embargo, mencionaron que castigan a sus hijos agresivamente, a través de gritos y de golpes, con lo que reproducen las formas de interacción madres-hijas más comunes en este contexto.

Ana ofrece una categoría diferente, ser “madre sola con pareja”, esto ocurre cuando, estando casada, se siente sola, sin el apoyo de su marido y su relación se caracteriza por los conflictos. Para esta mujer, es más fácil ser madre soltera, que madre sola con pareja, con ello implica que ella lleva todas las responsabilidades relacionadas con la atención y el cuidado de sus hijos, y no cuenta con el apoyo de su esposo, lo que acrecienta su sensación de soledad, de soledad en compañía.

Entonces, yo veía que era muy difícil ser madre soltera, pero yo ya lo viví ahorita y digo yo creo que es más fácil ser madre soltera, a ser madre con pareja, porque yo sé que tengo que trabajar para sacar adelante a mis hijos, pero no estoy también batallando con un esposo, me dicen a la vez que estoy medio loca, porque no sé lo que se siente ser madre

soltera, pues no lo sé, pero es lo mismo como yo estoy viviendo, todas las responsabilidades mías por mis hijos, entonces, qué quiere decir: a que venga mi marido y me haga enojar, porque si estoy bien con mis hijos, y llega el otro y me hace enojar, pues en ese caso sola, algo que estoy viendo son dos cosas: estoy casada, pero sola; digo, yo creo que

no es lo mismo ser sola que ser casada. Porque si con la pareja uno no se entiende bien y nada más es puro pelear, pues de qué casa es qué, entonces dónde está el chiste de tener entonces una pareja, de todas maneras, no tienes el apoyo de nadie [Ana].

La entrada a la paternidad también resulta ser un aspecto significativo en la trayectoria de vida de los hombres, que les da una nueva configuración de sí mismos. Representa, para ellos, asumir una responsabilidad más fuerte como proveedores, en la vida actual, pero también los proyecta a una visión futura. Ser padres representó una fuerte motivación para trabajar y obtener ingresos, para “echarle más ganas” y que haya menos carencias en sus familias. Los hombres se miraron a sí mismos como orientadores de sus hijos y desearon que tengan una vida diferente a la que ellos vivieron, y centran la posibilidad de un futuro diferente en la educación, desean que ellos estudien, “que se reciban de algo”; aquí la educación es

vista como una posibilidad de movilidad social.

En algunos hombres se presentó una búsqueda por no transmitir sus experiencias dolorosas a sus hijos, “que le hable con palabras, no con trancazos”. Un hombre expresó su contención afectiva frente a sus hijos, temiendo ser abandonado, y sufrir el dolor de la pérdida. En algunas parejas, la mujer tenía un hijo de otra relación; en estas familias reconstruidas, el hijo que no es del matrimonio es visto como un elemento de tensión.

Los narradores tanto los hombres como las mujeres, miden el tiempo a través de los padres y de los hijos, que representan el pasado y el futuro. Para ellos es el presente, en la identidad, en la supervivencia del aquí y ahora, del día a día de su cotidianidad y lo más presente es resolver lo económico en lo cotidiano y el tener la seguridad de una casa.

La casa como espacio simbólico

La casa, estuche de la vida cotidiana, además de la construcción física, es depositaria también de una serie de significados tanto por parte de los hombres como de las mujeres. En el inicio de la vida conyugal, muchas parejas que participaron en el estudio comenzaron a vivir en casa de los padres de ella o de él, hasta que lograron tener su propia casa en el Valle de Chalco. Esto representó para ellos un logro y la consolidación de su vida familiar. Se considera que la instalación se construye alrededor de la idea de la casa propia.

Si tomamos en consideración el contexto de pobreza del cual provienen, y el ser en su mayor parte migrantes del interior del país, cobra una mayor significación el hecho mismo de la propiedad, el poder tener una casa propia, que en este espacio urbano estuvo constituida, en la mayor parte de los casos, por una o dos habitaciones, y una letrina en el patio anterior de la casa. Representa también, para estas parejas, la partida del hogar de los padres –en los casos en los que iniciaron su vida conyugal en la casa paterna- y la construcción de su autonomía con relación a la parentela.

Para las mujeres en pareja que no tuvieron una casa propia, el poder adquirirla fue parte de sus proyectos a lograr.

[…] tenemos nuestras responsabilidades, como padres, primero es la casa, mis hijos, y todo lo que tenemos que hacer [Ana].

Para los hombres, tener una casa, un “pedacito de tierra”, representa un fuerte logro; es la

cristalización de sus esfuerzos en el presente. Construir una casa para la familia es una demostración de los afectos masculinos hacia la esposa y hacia los hijos; es una consolidación de la familia, y una expresión de independencia, con relación a sus familias de origen. La casa los proyecta a una visión futura, como un patrimonio para sus hijos y para sí mismos.

[…] no nos ha ido así muy, muy mal económicamente, a base de esfuerzo hemos logrado lo poco que usted observa ahorita, por fin después de 10 años de matrimonio, logramos nuestro pedacito de tierra, aquí vamos ubicando poco a poco, aunque sea, el patrimonio de nuestros hijos [Pablo].

[…] entonces ya pasados los seis años, llegamos aquí al Valle. Mmm. Compré el terreno. Le digo, no, no teníamos nada construido. Llegamos a unos cuartos provisionales que, que hicimos. Cambió nuestra vida. Cambió pero, como no se imagina, ¿eh? Le dio un giro de noventa grados. O sea, un giro total. Para bien. ¿Por qué? Porque ya nos independizamos

de todo. De religión, este, de mis padres, de todo [Luis].

El manejo del dinero

Las narraciones de las mujeres, con relación al manejo del dinero, enfatizaron que ellas, las que trabajaban, también aportaban económicamente al gasto familiar, y con esto apoyaban a su marido, a sus hijos y a la casa. Las mujeres que participaron en el estudio, generalmente se dedicaron a trabajar como empleadas domésticas, o a pequeños negocios informales, de venta por casa de artículos como cosméticos, o envases plásticos; o productos que ellas mismas elaboraban, como joyería de fantasía, peluches, o alimentos. También algunas mujeres se dedicaron a la maquila de ropa o bolsas en su propio hogar.

En todos los casos, el ser generadoras de ingresos representó una visión más favorable de sí mismas y también un mayor equilibrio del poder en la relación con sus cónyuges; para algunas también, una oportunidad de relacionarse con otras personas. Algunas mujeres que no tenían una fuente propia de ingresos consideraron que también apoyaron a sus cónyuges a través del manejo del gasto y del ahorro.

En las parejas donde las mujeres no generan ingresos se da un miedo a perder al otro como

proveedor y como hombre, que puede llevar a algunas mujeres a sostener relaciones donde no expresan directamente los conflictos, sino que utilizan estrategias encubiertas o manipulatorias para expresarse.

Si su valor como personas, su estabilidad económica, la aceptación social y la protección de ellas y de sus hijos están vinculadas de manera única a su alianza con sus compañeros, difícilmente se atreverán, desde una posición de indefensión tal, de falta de contacto con sus recursos, a confrontar, a expresarse directamente, a explicitar los conflictos que puedan poner en peligro el vínculo que las sostiene. Las narradoras que participaron en esta investigación presentaron un mejor equilibrio en el manejo del poder dentro de la relación conyugal, ya que aunque ellas no eran los principales proveedores económicos, sí generaron ingresos a través de pequeños comercios, que les permitieron sentir una mayor autosuficiencia, y

con ello una mayor seguridad en sí mismas, lo que generó que pudieran ser más confrontantes y abiertas en la comunicación con sus cónyuges.

Ahorita, gracias a Dios, pues no es de que yo me alabe, pero he sabido mucho aprovechar del gasto que él me da y le pellizco aquí, le pellizco acá y hemos logrado juntos, bueno, porque a mí me gusta ahorrar mucho, hemos logrado varias cosas… Pero ahorita yo estoy ahorrando en una caja, y estoy ahorrando, tengo una tanda, de repente también le vuelvo a

sacar más de 5 o 10 pesos, los voy guardando y me hago que no tengo nada; tonta, tonta, tonta, y el día de mañana que necesito más, que ahora necesito hacerle esto, bueno, voy y lo saco. Y él dice: “bueno, ¿pues de dónde sacas dinero?” Pues es que yo lo guardo. “Ay gorda, dice, pues yo quisiera ser como tú, pero no, no puedo” [Sara].

El aspecto económico fue una constante en los relatos de vida de los hombres. El asumir su rol como proveedores de una familia en un contexto de pobreza es evidentemente, generador de tensión y por otro lado, de movilización de recursos personales para obtener ingresos. Sin embargo, muchos de estos hombres, tuvieron una baja escolaridad, por lo que carecen de las herramientas educativas que les permitirían acceder a trabajos estables en el mundo laboral; muchos de ellos, conocedores de distintos oficios, se contrataron por obra determinada, por lo que su trayectoria laboral estuvo caracterizada por la inestabilidad. Esto generó una dificultad en su posibilidad de proveer con los recursos suficientes a sus familias. Las carencias económicas dieron lugar a dos cuestiones: una, la dificultad en cubrir las necesidades básicas, y otra, una fuente de tensión dentro de sus núcleos familiares.

Los hombres legitimaron su rol de esposos por dar dinero a sus hogares; dar dinero equivalía también a no tener conflicto con sus esposas; el acuerdo tácito es “dar dinero por recibir atención”. Un hombre destaca en su narración que no desea ser visto como materialista –de acuerdo a su visión del discurso católico- pero se siente como “el amo del mundo” cuando tiene suficientes ingresos y ahorros. Otro asocia con una buena autoestima el dedicar sus ingresos exclusivamente a su familia, y no a su familia de origen.

El temor al fracaso fue también expresado por algunos hombres, y esto se relaciona con el miedo de no poder ser un buen proveedor de su hogar. Otro hombre hace referencia a que la presión por lo económico lo lleva a dirigir su atención a este aspecto y no a ser afectuoso con su familia.

Los pactos solidarios entre los cónyuges ocurren cuando ambos generaron ingresos; los reúnen en común y los utilizan para sacar adelante a sus familias. O cuando los hombres se sienten respaldados por el ahorro que hacen las mujeres del “gasto” que les dan. En otros hogares, ellos fueron proveedores únicos, aunque la mujer trabajara, lo que fue generador de tensiones.

[…] pues para uno solo, pues imagínese, es como, por decir, pues si yo con cien pesos como bien en la semana o así, ¿no?, con puros plátanos y verduras me la llevo, pues vivo. Pero pues, los niños, pues ahora sí que, que no, o sea, tienen que vivir en una, pues una sociedad que tiene intereses. Entonces, para mí es eso lo, lo más difícil. Verlos y sentir que

no, que no les puedo dar lo que, lo indispensable. Eso es muy difícil.

[…] coser, este, pues es lo que le gusta a ella y, pues órale, pues una máquina, por ejemplo, su máquina para coser en un tianguis; le echa ganas, a la costura. Si lo hace, pues, a lo mejor también sería por, por, ahora sí que por ayudar en lo económico, en lo que sea aquí en la casa. Si lo quiere, va y pues fácil, y sí lo sabe hacer. Con mis hijos, pues ahora sí

que siempre me dice que hay que ver por ellos. Pues, sí la verdad, sí, pues sí es, así muy tenaz, muy responsable [Eduardo].

Los proyectos de la pareja

En los discursos de hombres y mujeres hubo un énfasis y una emergencia en el presente y no fue común en ellos el proyectarse al futuro. Los que se refirieron a sus proyectos como pareja se imaginaron un futuro “luchando juntos”, una cercanía “armando proyectos comunes”, esto es, mantenerse unidos, tener una casa, con lo que tienen una sensación de seguridad, solvencia económica, construir un patrimonio para sus hijos, y una vida en común, apoyándose mutuamente. Tanto para los hombres como para las mujeres

entrevistadas, como hemos revisado en las secciones anteriores, el futuro se mira a través de los hijos, y su proyecto fundamental gira en torno a ellos, en que puedan darles una educación que los lleve a tener una vida diferente a la que ellos vivieron.

Y pues trato de olvidarme de todo mi pasado, porque pues ahora sí yo ya lo escogí a él, y mi futuro es él y mis hijos. Pero pues a ver, y ése es el plan de mi vida (…) Y pues como él ya no quiere otro ahorita … de hecho, nuestra meta es hacernos la casa y ya de ahí, si Dios quiere, otro. Pero niña. Y a la vez veo a mi niña y digo, ay, no, va a sufrir bien harto

[Elena].

O sea, este, y bueno y ¿cómo demostrarle que la quiero? es que le estoy haciendo su casa. Ora yo quiero que viva ella bien. Es que, mire, yo, yo quiero pensar a futuro también. No na’ más estar pensar en el presente, también hay que pensar a futuro. Yo quiero pensar que, que tengamos cierta edad ya, y, y al menos, este, vivir bien. Eso es lo que me gustaría a mí. Ella y yo que estuviéramos bien, bien. Vivir bien mmm, cómodos, ¿sí? Yo no na´ más he pensado en mí. O sea, he pensado en mi esposa y en mis niños que tengan su carro y su recámara cada quien, su baño bien arreglado, se metan a la regadera y mi esposa igual su recámara que, o sea. He pensado en ellos, no estoy pensando na’ más en mí o mis niños [Luis].

CONCLUSIONES

Podemos concluir, por lo analizado anteriormente, que en el encuentro íntimo de la relación de pareja, en las prácticas domésticas de su vida cotidiana y en la conformación de la identidad de cada miembro de la pareja, se construye el ser hombre y ser mujer de diversas maneras. Cabe señalar, siguiendo las propuestas de Kaufmann (1992), que las parejas permanecerán siempre como extraños íntimos, con diferentes combinaciones entre la extrañeza y la intimidad a lo largo de su historia.

La conformación del ser hombre y ser mujer no presenta características diferenciales entre los dos espacios geográficos estudiados. La diferencia central en la población estudiada está en lo genérico, en las distintas formas en que han construido sus identidades como hombres y como mujeres, a través de sus diferentes procesos de socialización. El sustrato cultural es común, pero se encuentran también distintas maneras y estrategias para enfrentar las diferentes situaciones de la vida cotidiana, entre las personas que pertenecen a los dos espacios urbanos y aún entre los géneros.

La intimidad en la pareja se despliega en cinco dimensiones principales: emocional, comunicacional, cognoscitiva, interaccional y sexual. Los discursos en torno a la vida conyugal se articularon desde las cinco dimensiones planteadas, lo que refleja diferentes formas de aproximación y de distancia. Para la comprensión de la construcción de la intimidad en este contexto, también deben tomarse en consideración tres aspectos fundamentales: los pactos solidarios o de supervivencia, las construcciones comunes y los hijos.

Los pactos solidarios, como el esfuerzo conjunto de la pareja por salir adelante, un estar juntos luchando. Lo económico, la carencia es fuente de cohesión, aunque también de conflicto y de estructuración de la vida cotidiana y de los proyectos futuros. Las construcciones comunes en tanto el patrimonio construido en común, cuyo eje es la figura de la casa, como propiedad y como espacio simbólico, referido al hogar, a la

seguridad, a la pertenencia y al arraigo. Los hijos como vínculo de la pareja y como proyecto de vida, motivación del trabajo cotidiano, en los que centran las expectativas de que tengan lo que ellos no tuvieron.

Los roles relacionales de género presentan características diferentes en cada miembro de la pareja, tanto en las actitudes como en las expectativas, dando lugar a tensiones y acuerdos que se relacionan con la intimidad y la identidad de cada miembro de la pareja. El hombre y la mujer en pareja parten de diferentes comunidades de sentido, con experiencias y significados distintos de lo que significa “ser hombre” y “ser mujer” en relación, lo que conlleva diferentes formas de “hacer” la vida conyugal.

Resulta evidente la construcción cultural de los roles y las expectativas mutuas por el desempeño de los mismos, a pesar de los problemas económicos, no todas las mujeres trabajaron. Sin embargo, hay evidencias de transformación de los esquemas tradicionales: los hombres ya no son los únicos proveedores; las mujeres trabajadoras se enaltecen y son valoradas por sus compañeros; las mujeres no se presentaron como sumisas y débiles (características femeninas de las generaciones anteriores), sino de carácter “fuerte”.

Estos roles de género en transición en el ámbito doméstico, mantienen junto a las prácticas

innovadoras, concepciones tradicionales de los roles de género masculinos y femeninos. Así, las expectativas masculinas, en general, llevaron a la vida en común el deseo, repetidamente señalado, de que sus esposas desempeñaran los roles tradicionales femeninos, a diferencia de las mujeres que tuvieron visiones transicionales sobre sus haceres en la cotidianidad. Esto fue una fuente de tensiones en las relaciones, y de negociaciones o de imposición de las prácticas domésticas. Esto dio como resultado formas diferentes de mirarse a sí mismos.

La identidad personal es redefinida en el espacio íntimo e interaccional de la pareja y en el transcurso de su cotidianidad. En los relatos hemos visto cómo, desde sus biografías, los hombres y las mujeres construyen lo íntimo, la cotidianidad compartida y, también, sus proyectos de vida como pareja. La relación conyugal llevó a los individuos a reorganizar sus patrimonios identitarios incorporados, y en consecuencia, a reconstruir sus identidades.

La pobreza fue una experiencia constante en las trayectorias de vida de los narradores, desde la dureza de las condiciones de vida en sus lugares de origen, la migración a la ciudad de México y su llegada al Valle de Chalco. Lo que quiero remarcar es que la pobreza no puede entenderse únicamente como una carencia económica, sino que aunado a esas difíciles condiciones de vida, los relatos de los participantes nos permitieron asomarnos a las experiencias subjetivas de la pobreza, que se asociaron a un amplio espectro de lo que podría denominar la “pobreza subjetivada”, caracterizada por otras carencias relacionadas con el bienestar emocional, con la intimidad en sus medios familiares tempranos, que un

entrevistado centró en tres dimensiones: carencias afectivas, carencias de confianza y carencias económicas y estos aspectos, entre otros, resultan estructurantes tanto de su visión de sí mismos como de sus relaciones conyugales actuales.

Estas cuestiones representan un reto para el desarrollo humano, si consideramos que un aspecto central para el análisis y la educación que promueva dicho desarrollo requiere partir tanto del contexto social y la dimensión socioeconómica, como desde la subjetividad humana. Por esto consideramos que es necesario comprender a la pareja y la familia en contexto; lo que hasta aquí hemos observado nos lleva a afirmar que la cultura y los niveles socioeconómicos imprimen formas características de interacción en los encuentros de pareja y familia, por lo que los programas de promoción del desarrollo humano de pareja y

familia, para ofrecer herramientas efectivas a la vida familiar necesitan partir de la comprensión del contexto y su interrelación con lo identitario y lo relacional.

Considero que esta investigación permitió explorar la complejidad de la vida íntima de las parejas en un sector popular urbano, sin embargo, se requiere para la comprensión de las nuevas formas de encuentro íntimo en las relaciones de pareja en nuestro país, influidas por las transformaciones sociales actuales, realizar nuevas investigaciones en otros contextos, que nos permitan asomarnos a las nuevas construcciones de la conyugalidad en México.

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[1] Rogers, C. (1976, p. 19)

Apresentado no XII Encuentro Latinoamericano del Enfoque Centrado em la Persona

17 a 23 de abril de 2005 – Balneário Sólis – Uruguai