La intervención por contacto en la facilitación de grupos. De la no-directividad al experiencing

Tomeu Barceló Rosselló y Ferran Juan Torrens

Comunicación al XI Encuentro Latinoamericano del Enfoque Centrado en la Persona/ Abordagem Centrada na Pessoa. En Socorro (Brasil) del 13 al 19 de Octubre de 2002.

LA INTERVENCIÓN POR CONTACTO EN LA FACILITACIÓN DE GRUPOS. De la no-directividad al experiencing.

GUIÓN

1.- A modo de introducción y planteamiento.

2.- El grupo como espacio de despliegue de la tendencia actualizante.

3.- El proceso experiencial del grupo.

4.- La presencia intencionada.

4.1.- La presencia desde la disposición actitudinal.

4.2.- Dos destrezas complementarias.

4.3.- La intencionalidad de la presencia.

5.- La condición olvidada o ¿cómo empezar?

5.1.- Entrar en contacto.

5.2.- La cuestión de la iniciativa.

5.3.- Estar y permanecer en contacto.

5.4.- ¿Intuición facilitadora?

6.- Síntesis y perspectivas.

Referencias bibliográficas.

Anexo: Taller de entrenamiento: “Percatarse y contactar”.

LA INTERVENCIÓN POR CONTACTO EN LA FACILITACIÓN DE GRUPOS. De la no-directividad al experiencing. [1]

“He descubierto una manera de trabajar con los individuos que parece tener una gran potencialidad constructiva”. (Carl R. Rogers)

1. – A MODO DE INTRODUCCIÓN Y PLANTEAMIENTO.

Desde hace unos veinte años nuestro departamento de dinámica de grupos de l’Escola de l’Esplai se viene dedicando, con sus más y sus menos, a la práctica y la investigación de los procesos de grupo y los sistemas de facilitación. Uno de nuestros cometidos, aunque no el único, reside en la formación de coordinadores de grupos, no tanto de “facilitadores de grupos de encuentro”, como de animadores de grupos con funcionamiento ordinario. Grupos de educadores, grupos de profesores, grupos de alumnos, grupos de jóvenes, grupos de tercera edad, grupos de animación sociocultural, grupos de trabajadores en un departamento empresarial… han sido, y continúan siendo, lugares de intervención de los animadores que contribuimos a formar.

Desde hace unos años, quizás desde el principio de nuestra tarea, hemos intentado aplicar en las experiencias y en la formación los principios del Enfoque Centrado en la Persona que tanto nos apasiona. Y desde ese lugar, aun alejándonos de la ortodoxia rogeriana, hemos pretendido un horizonte que permitiera una formación de facilitadores para ayudar a los grupos a ser más creativos y eficaces.

De algún modo, nuestros programas formativos pretenden no tanto una capacitación extraordinariamente “profesional”, cuanto un crecimiento personal y un entrenamiento en actitudes que permita y contribuya a que nuestros alumnos puedan estar presentes en un grupo de una manera más vivencial y personal, porque estamos convencidos que sólo desde lo profundamente personal -que finalmente es lo más universal-, es posible desplegar todo el potencial de un grupo para que devenga un organismo creativo y eficaz.

Nos resuenan así las palabras de Carl Rogers cuando exponía su propio programa formativo del Center for Studies of the Person, de La Jolla (California): “El cuerpo de especialistas abriga la esperanza y la creencia de que al término del programa la persona estará, en cierto modo, mejor calificada que antes para manejar cualquier grupo en su lugar de residencia. Esa es la meta final. Esos grupos pueden ser clases, conjuntos de personas pertenecientes a una organización, núcleos familiares o los denominados grupos de encuentro. Sin embargo, no existe la intención de que los participantes se transformen en gurúes de grupos de encuentro.”[2]

Lo que pasa es que nuestra experiencia nos indica que las situaciones intensivas de grupo favorecen la formación de facilitadores y, además, nos parece que todo coordinador de grupo, de cualquier grupo humano, debería poseer las capacidades y las habilidades de un buen facilitador de grupos de encuentro; debería, en fin, ser más sí mismo y menos su rol profesional.

Compartimos y reafirmamos, en consecuencia, las aseveraciones de Bill Schutz que, en este sentido, expresa: “Todo liderazgo debería ser como el liderazgo de un grupo de encuentro. Todo líder de un grupo debe ser sensible a los sentimientos de sus integrantes; debe ser capaz de crear una atmósfera en la cual se admitan y expresen fácilmente tales sentimientos; debe ser consciente de sí mismo; debe captar las necesidades del grupo y tomar los recaudos para satisfacerlas –ya se trate de una orientación firme, de una actitud pasiva, de más información o energía, o de la expresión franca y sincera de su humanidad-; debe, en fin, saber extraer del grupo sus mejores talentos cuando se trate de tomar decisiones. En síntesis, todo líder de grupo debe poseer las cualidades del coordinador de un grupo de encuentro.”[3]

La cuestión queda planteada. Se trata, en suma, de ver si los grupos de funcionamiento ordinario tienen una estructura y un proceso similar a los grupos intensivos, y de vislumbrar cuáles son esas cualidades necesarias que debe poseer un coordinador de grupos de encuentro y que pueden extrapolarse a todos los grupos.

Esta comunicación, en el marco del XI Encuentro Latinoamericano del Enfoque Centrado en la Persona, nos permite aportar algunas ideas de todo esto. Los encuentros latinos, y otros foros internacionales, tienen que servir, a nuestro juicio, tanto para compartir una experiencia de crecimiento personal y de interacción como para avanzar en las investigaciones sobre elementos significativos del Enfoque Centrado en la Persona. Habrá que ser capaces, si queremos sobrevivir en el mundo de la comunidad científica, de arriesgarnos a “hacer ciencia”, a confrontar teorías y a formular hipótesis; y en este camino, aventurarnos a la búsqueda de la verdad que no podrá ser más que intersubjetiva pero que, precisamente por eso, podrá ser compartida y proyectada.

En anteriores encuentros y también a través de alguna publicación ya intentamos aportar un paralelismo sobre la evolución de los grupos ordinarios y los intensivos en base a la experiencia y la investigación[4] por lo que, en esta aportación, intentaremos evitar esta primera parte del planteamiento que se refiere a los procesos de trayectoria de los grupos.

También es obvio que todos los participantes en este encuentro, conocen las condiciones necesarias y suficientes que favorecen el despliegue de la tendencia al desarrollo en las personas y en los grupos. Sin lugar a dudas, lo que nos une en la comunidad del ECP/ACP[5] , desde el punto de vista intelectual, es nuestra convicción en una hipótesis fundamental de confianza en el organismo para su autodesarrollo al disponer de una tendencia transformativa que surge si existen condiciones adecuadas; y sabemos por experiencia cuáles son estas condiciones necesarias y suficientes.

La cuestión entonces queda, como tal, muy ajustada; pero está llena de complejidad. ¿Son realmente suficientes estas condiciones? ¿Existe una capa en la disposición de un facilitador en la que se diluyen las actitudes y se conforman en un compendio transformativo que se suscita por una intuición facilitadora?[6] ¿Es posible una actitud de “no hacer” en las intervenciones en grupos ordinarios –que no presentan el requisito de la voluntariedad de participación-, para promover la eficacia y la creatividad? En realidad nos preguntamos por la posibilidad de expandir significativamente el ECP/ACP más allá de las consultas terapéuticas y de las situaciones intensivas de los grupos de encuentro en las que la gente acude como client, es decir; porque quiere, o porque se ve impulsada a solicitar ayuda.

Pero hay muchas circunstancias en que esto no ocurre. Alumnos de enseñanza secundaria obligatoria que se ven obligados a asistir a su grupo-clase, equipos de educadores que tienen que ejercer su tarea coordinadamente y en grupo en su lugar de trabajo pero que quizás preferirían estar destinados en otro sitio, trabajadores de una empresa que, en realidad, están ahí porque no perciben alternativa; y otras muchas situaciones en que las personas se sienten partícipes en un grupo que no tiene explícitamente la finalidad del crecimiento personal, incluso muchas veces, ni tan siquiera de la tarea eficaz.

¿Es plausible, en estas situaciones, el crecimiento, la creatividad y la eficacia? ¿Existe un sistema de facilitación que, en estas condiciones, favorezca el despliegue de la tendencia actualizante? ¿Es suficiente, en estos espacios, una actitud de espera y de “no hacer” para promover el emerger del potencial del grupo? ¿Cómo ha de ser esta intervención facilitadora?

Sin la pretensión de extendernos ampliamente en estas cuestiones[7] nos permitiremos aportar algunas ideas y sugerencias en el espacio de este encuentro latino, con la finalidad de compartirlas y, si viene al caso, de confrontarlas para poder seguir avanzando afectiva y racionalmente en la comunidad del ECP/ACP.

Y es que nuestra pesquisa se suscita a partir de dos sospechas. Los grupos de encuentro promueven, sin duda, intensas experiencias afectivas y transformativas en las personas que viven un proceso de comunicación auténtica y adquieren significativos aprendizajes que afectan a su estructura personal y a la manera de relacionarse con los demás; pero adolecen de proyección como grupo en cuanto a una posible tarea a ejercer con creatividad y eficacia.

En segundo lugar, la “no-directividad” como sistema de facilitación se ha confundido a veces con inactividad y, en otras ocasiones, con intervenciones que nacían del marco de referencia del facilitador que intenta estar en el grupo siguiendo pautas de respuesta que se ajusten a la expresión de las condiciones que se suponen necesarias y suficientes pero que, en realidad, no provienen del núcleo personal interno; lo que se ve con una cierta precipitación como manipulaciones.

Se trata, desde nuestro punto de vista, de ir perdiendo nuestra fobia a la “directividad” y estar presentes en los grupos percatándonos de que nuestro estar influye activamente en el proceso a través del cual incluso nuestras respuestas e intervenciones orientadas a la tarea pueden estimular al grupo hacia su creatividad y su eficacia además de incidir en su proceso experiencial. En definitiva habrá que aprender a tomar la iniciativa de forma activa sin deslizarnos hacia la manipulación y el control autoritario.

En espacios y marcos distintos de los procesos psicoterapéuticos, especialmente en la educación, los grupos de trabajo y los grupos de encuentro (actividades a las que dedicamos nuestra tarea profesional) sabemos, por investigación y experiencia que las condiciones necesarias y suficientes de Rogers funcionan de manera similar al proceso que se produce en la psicoterapia centrada en el cliente. Por ello, sin duda, Rogers y sus colaboradores, expandieron sus investigaciones e hipótesis a ámbitos distintos de los iniciales, a ámbitos en los cuales las relaciones interpersonales eran el lugar más singular para la generación de dinámicas de desarrollo personal y de interacción humana.

¿Qué sucede, pues, cuando en diversas situaciones acotadas (educación, grupos de encuentro etc.), nos disponemos a estar presentes desde las condiciones necesarias y suficientes? Esto es, ¿qué sucede cuando en una relación, sea cual sea, interpersonal o grupal, nos disponemos, de manera vincular, a ser más empáticos, más auténticos y a apreciar más al otro?

Sin duda, todas aquellas personas que vivimos y practicamos, de manera real y auténtica el Enfoque Centrado en la Persona, tenemos la experiencia que cuando, de manera profundamente vincular y energética, estamos presentes en una relación, desde nosotros mismos, desde nuestro interior, con y en otras personas, revivimos un proceso transformativo que nos impacta y facilitamos que estas personas revivan, o experimenten por primera vez, un proceso transformativo singular, un cambio, un impacto, una apertura de la conciencia, una “peak-experience” (como diría A.H. Maslow).

Y, ¿en qué consiste, fundamentalmente, esta experiencia de transformación?

Parece ser, así nos ha ocurrido a muchos de nosotros, que esta experiencia implica un cambio de paradigma en la propia visión del mundo. Tenemos la sensación de un despertar, una especie de cambio en la manera de darnos cuenta, de percatarnos, de percibir todo con todos. Es una especie de ensanchamiento de la conciencia. Tenemos la sensación de unicidad, de ser único en el cosmos, pero al mismo tiempo de ser todo, de estar unido esencialmente al universo y a las demás personas. También descubrimos que somos proceso, que los objetivos y los finales tienen escasa importancia y que la significación vital está en el camino, un camino que es aventura y descubrimiento, es asombro. Un camino cuyo destino es el mismo viaje.

Parece que, por otra parte, sentimos una conexión profunda entre nuestro cuerpo y nuestra mente, sentimos real y profundamente una unidad organísmica que es nuestro centro de valoración y la guia de nuestra conducta no programada. Experimentamos una profunda libertad, más allá de penas y peligros, sentimos una fuerza interior que nos desata de cordellines culturales y prejuicios sociales. Experimentamos la incertidumbre, el misterio; es como si atravesáramos una puerta interior que nos conecta con nuestro núcleo infinito y, al ser infinito, está conectado con todo. Es una sensación de vida, de expansión, de ser la esencia y participar eternamente de esta esencia. Por ello, también experimentamos el desapego. Somos más concientes de nuestra propia intuición, nos sentimos pues más creativos y, por ello, podemos acceder a lo desconocido, a un camino que nos lleva más allá de la verdad. El lenguaje nos limita y nos sentimos poetas con el uso de la metáfora para designar nuestra experiencia. Y, por último, sentimos que, en la inmensidad no estamos solos, deseamos encontrarnos con personas que hayan vivido y comprendan esta misma experiencia y deseamos transformar el mundo desde nosotros mismos, sentimos un compromiso, una vocación para la transformación social.

Esta experiencia, tan intensa y profunda, se produce inicialmente en unos pocos segundos, el tiempo se relativiza. En un instante percibimos la eternidad. Es un acontecimiento único en un momento, y es un momento de amor. Quizás el amor es la máxima profundidad de esta experiencia momentánea que transforma.

La disposición de las condiciones necesarias y suficientes ha sido, y sigue siendo, nuestra manera de facilitar estas experiencias transformativas. Pero ¿puede darse el proceso transformador desde otras claves facilitadoras?

Sabemos de personas que han experimentado profundos cambios personales y transformaciones en sus relaciones interpersonales, similares a los descritos, sin haber participado en ningún proceso terapéutico centrado en la persona, ni en un grupo de encuentro facilitado desde nuestro enfoque. Conocemos personas que, con seguridad, han tenido experiencias transformativas con o sin la ayuda de psico-técnicas que hayan favorecido este proceso. A lo largo de la historia conocemos testimonios (Teilhard de Chardin, por ejemplo, entre otros muchos) que describen la experiencia de crecimiento personal y de transformación sin haber tenido conciencia estricta y sistemática de las condiciones necesarias y suficientes de Rogers. En definitiva, creemos que es posible participar de esta experiencia transformativa a partir de otras orientaciones vivenciales y experienciales o de algunas psicotécnicas que facilitan este proceso. De hecho, muchos de nosotros nos ayudamos de técnicas de la guestalt, focusing, bioenergética etc. para impulsar un proceso de desarrollo personal.

Y sin embargo, sabemos que la disposición de empatía, congruencia y consideración positiva e incondicional son actitudes necesarias y suficientes para facilitar el despliegue de la tendencia actualizante, esto es, para favorecer el desarrollo personal y la experiencia transformativa.

Son necesarias, entre otras cuestiones porque, independientemente de las técnicas y recursos utilizados, si no manifestamos desde nosotros mismos estas actitudes de forma vincular, no acontece.

Son suficientes porque, aún sin utilizar técnicas y recursos, se activa el proceso de crecimiento, de cambio y de transformación.

E incluso, como expuso Leslie Greenberg en el Congreso Internacional de Terapia Centrada en el Cliente y Experiencial de Lisboa de 1997, son eficaces, porque son capaces de activar el mismo proceso transformativo.

A pesar pues de la extraordinaria importancia y significación que adquieren las condiciones del Enfoque Centrado en la Persona, nos parece más nuclear y sustancial y, por tanto, más significativo para el propio cambio personal, el instante vivencial de la experiencia transformativa porque, al fin y al cabo significa la “decisión” última de la persona para transformarse, y esta transformación siempre resulta positiva y en una dirección actualizante del propio potencial.

Y este instante vivencial surge, sólo es posible que surja, desde el interior de uno mismo, a partir casi de la sincronicidad, a partir de una decisión autodirigida procedente del mismo núcleo interior. Por eso mismo, el proceso transformativo es, necesariamente, coherente con el propio método facilitador puesto que el propio método forma parte ya del proceso transformativo.

En este sentido, la no-directividad, entendida fundamentalmente como la disposición actitudinal facilitadora de la autodirección de la persona, es un camino que promueve, y fundamenta la experiencia transformativa en la cual camino y fin se confunden y confluyen con incertidumbre en un fluir de equilibrio inestable de experiencia vital.

Sugerimos ciertamente un enfoque más holístico en nuestros planteamientos y nuestros sistemas de facilitación; pues las condiciones que hemos establecido, no por necesarias y suficientes tengan que ser excluyentes. Al final, en las profundidades de nuestro núcleo interior las disposiciones facilitadores se fusionan y devienen en lo esencial, participan vitalmente de la esencia, y la esencia es amor.

Quizás lo sustancial de la no-directividad no resida en el “no hacer” sino en el hecho de que no exista una estrategia preliminar para la intervención en un grupo. Más bien podemos considerar que el proceso de un grupo es una aventura de momento a momento, en la que no es necesario de antemano que el facilitador conozca la situación. Por el contrario, presuponemos que lo realmente importante y significativo aflorará en el devenir del proceso y nos damos como única instrucción la de seguir activa y receptivamente la corriente experiencial que acontece. No sabemos de antemano donde nos llevará, así que no tenemos nada “programado” pero confiamos en el despliegue expansivo del organismo hacia su propio crecimiento.

2.- EL GRUPO COMO ESPACIO DE DESPLIEGUE DE LA TENDENCIA ACTUALIZANTE.

Las mujeres y los hombres, como seres sociales y en relación unos con otros, convivimos en sociedad y conformamos grupos humanos de los que nos sentimos partícipes, a través de los cuales realizamos nuestros proyectos vitales.

La familia, los equipos de trabajo, los cursos de formación, los encuentros, son situaciones de grupo. Los grupos humanos presentan pautas recurrentes de actitudes y conductas y manifiestan tendencias de evolución en el curso de un trayecto. Es posible investigar y definir algunos principios generales que expliquen las razones de las semejanzas y diferencias entre el comportamiento de distintos grupos humanos. Es posible suponer, con bases relativamente sólidas, porqué unos grupos son eficaces y creativos, y otros se diluyen en un notable fracaso.

Parece que uno de los factores más decisivos para el despliegue del potencial creativo de un grupo y su desarrollo eficaz tiene que ver con el ejercicio del liderazgo institucionalizado. El líder de un grupo puede crear condiciones en virtud de las cuales un grupo se sienta impulsado hacia su realización plena de manera creativa y con resultados eficientes. Es más, estas condiciones pueden generar procesos comunicativos e interaccionales que tiendan al crecimiento personal y se perciban satisfactoriamente por parte de los miembros de un grupo. El grupo puede ser un marco propicio para el crecimiento y el desarrollo personal, puede constituir un espacio de comunicación auténtica y sincera, puede impregnar de transformación y encuentro nuestras relaciones interpersonales y puede impulsar la incorporación de aprendizajes significativos y relevantes para nuestra tarea y nuestra vida. También puede configurarse como instrumento para la superación de los conflictos subyacentes y el aprovechamiento de la energía afectiva hacia una direccionalidad constructiva.

Los conceptos modernos de grupo llevan implítica la noción de temporalidad. La temporalidad implica que los grupos se inician en un momento determinado, tienen un durante en el que configuran su quehacer y viven su punto final. El grupo tiene así un tiempo de vida finito que queda determinado por el nacimiento y la muerte del grupo.

Es en el “durante” del grupo donde acontecen la mayoría de los fenómenos grupales. En el transcurso de nuestra experiencia de facilitación de grupos, en los últimos veinte años, hemos presenciado múltiples y diversos acontecimientos en la vida de los grupos y hemos intentado, en función de grabaciones, observaciones y filmaciones; establecer hipótesis y comprobaciones para encontrar leyes generales de funcionamiento comunes a estos grupos.

Hemos percibido que el grupo conforma una unidad organísmica con gran energía interna y, en el seno de esta unidad, son muchos los factores que, de manera simultánea, inciden en su fluir permanente. Las emociones y los pensamientos de las personas pertenecientes al grupo, las comunicaciones que se producen o las que se reprimen y amagan, las percepciones mutuas de los individuos, la conciencia o inconciencia respecto a las posibilidades del propio grupo y su progreso en relación al cumplimiento de las metas, las interacciones relacionales, los encuentros y los conflictos… Todo este conjunto de fenómenos forma parte de la gran energía de un grupo. Esta energía está allí, en el seno del organismo grupal que tiene vida propia total más allá de la vida de las personas que lo forman. Esta energía siempre emerge, de distintas maneras, canalizada o no, en el proceso grupal y hace que el grupo funcione como unidad global siendo, entonces, más que la simple suma de personas.

Los grupos, como las personas, tienen “cabeza y corazón”. La “cabeza” constituye el espacio de la racionalidad del grupo, su nivel más organizativo. En este espacio de racionalidad el grupo configura su quehacer, su tarea como grupo. Planifica, señala objetivos, evalúa su trabajo, organiza actividades. Este conjunto de acciones grupales forman el qué del grupo, podíamos denominarlo el ámbito temático del grupo. No es difícil imaginarnos el tipo de comunicación que se produce en este ámbito temático. Las comunicaciones tienen que ver con el debate de ideas, tienen un carácter más político que personal y afectan poco a nuestro sentir emocional. Tampoco resulta complicado entrever que la función de liderazgo deberá ser moderadora, controlando los tiempos para que las reuniones no sean eternas e ineficaces y que deberá existir un procedimiento para la toma de decisiones.

Todos los grupos formados para algo tienen esta área en funcionamiento. El problema se presenta cuando se convierte en el único ámbito del funcionamiento grupal, en un grupo de trabajo. Entonces la energía subyacente, presente en el seno del grupo, debajo de la superficie, impulsa su emerger y como no existen canales en su fluir puede desbordarse por otros huecos y generar ineficiencia grupal a causa de conflictos no expresados y ocultos.

En el espacio racional del grupo, en su nivel organizativo, existe todavía una nueva área que bordea la superficie pero que está situada por debajo de la línea más perceptible que hemos descrito anteriormente. Podemos denominar a esta área como ámbito funcional del grupo.

El ámbito funcional contiene los procesos y los acontecimientos relacionados con la manera de funcionar del grupo como organización. No es el qué del grupo sino el cómo. Cuál es su manera de planificar, cómo se organiza, cómo es el liderazgo, cómo se toman las decisiones. A veces este ámbito funcional no se corresponde en sus principios con el área temática. Un grupo puede discutir y acordar, por ejemplo, que es preciso evaluar no sólo las actividades que realiza sino revisar también el ejercicio de la responsabilidad por parte de cada miembro; y, sin embargo, no dedicar tiempos y espacios a esta última función en la práctica. Puede decidir adoptar las decisiones de forma democrática y consensuada, y, no obstante, existir un líder institucionalizado o no que en realidad adopta las decisiones por sí mismo.

Este ámbito funcional nos parece mucho más interesante en la dinámica de grupos. No es tan perceptible como el área temática pero condiciona mucho más la eficacia del grupo por lo que es deseable que los grupos dediquen tiempos y recursos a mejorar los procesos funcionales.

Normalmente, cuando hablamos de dinámica de grupos nos referimos, de manera parcial, a esta área funcional del grupo. A ella pertenecen los componentes estructurales de la participación de los miembros, los roles que se establecen, el status, los intercambios de informaciones, los procedimientos de toma de decisiones, los compromisos respecto de la tarea y todas esas cuestiones de las que la mayoría de manuales de dinámica de grupos ofrecen recursos y técnicas, a modo de ejercicios o “dinámicas” para practicar y mejorar nuestro nivel funcional.

Sin embargo, quedarnos aquí, al borde de la superficie, tampoco constituye ninguna panacea del buen funcionamiento grupal. A lo sumo, ejercemos como una especie de pedagogía activa –que ha proliferado en estos últimos años- pensando que facilitamos el grupo de manera correcta y eficaz.

Lo que sucede en el área funcional del grupo afecta un poco más al sentir de las personas y del grupo, a su emocionalidad; pero sigue estando localizado en la cabeza y no genera excesiva implicación. La energía subyacente continúa intentando emerger por cauces desconocidos que siguen estando cubiertos en el ámbito funcional.

Tanto el área temática como el área funcional forman parte del nivel organizativo del grupo, de este espacio de racionalidad grupal en el que las cuestiones se plantean y discuten a modo de debate y participación. Es un funcionamiento equivalente a cuando una persona reflexiona sobre sus aspectos vitales, sus actividades y sus problemas y adopta propósitos que puedan reportarle cambios aunque nunca se produzcan.

Sin embargo este nivel organizativo es muy importante y significativo en la vida de los grupos porque de su buen funcionamiento dependen, en gran parte, los grados de productividad y de eficacia. Establecer condiciones facilitadoras en este espacio de racionalidad será, sin duda, muy relevante para un buen dinamizador de grupos.

La mayoría de las personas que conforman un grupo tienen conciencia de los elementos de estas áreas ya que forman parte de un nivel patente del grupo. Quizás no manifiestan o no explicitan su opinión pero la tienen y perciben un determinado grado de satisfacción o insatisfacción respecto al funcionamiento grupal.

En nuestra acción facilitadora resulta conveniente pues dedicar tiempo a las dos áreas del espacio de racionalidad: por una parte a introducir métodos, técnicas e instrumentos para dinamizar y hacer más efectivas las reuniones de los grupos con la finalidad de planificar y evaluar con más eficiencia; por otra parte, sería enriquecedor para el trabajo grupal dedicar tiempo a explicitar el sistema de funcionamiento, a revisarlo, a expresar nuestras satisfacciones e ingratitudes para que nuestra tarea y nuestra pertenencia al grupo resultase más gratificante.

El grupo como organismo tiene también su espacio de la sensibilidad, su nivel afectivo. En este espacio ocurren las risas y los llantos, las euforias y las depresiones, las emociones, los sentimientos, las comunicaciones significativas y las interacciones, los encuentros y los conflictos, los deseos, los amores y los odios, las evasiones, los miedos, los riesgos, las aventuras interpersonales. Casi toda la energía del grupo se genera en este espacio sensible del grupo. Estas fuerzas están siempre latentes en la vida de un grupo aunque en pocas ocasiones los grupos dedican tiempo y espacio a explicitarlas.

En el espacio de sensibilidad del grupo existe un área lúdica. Todos los grupos buscan espacios de celebración en los que el elemento dominante es el juego, la risa, el canto, la mesa, la tertulia, la marcha, las actividades recreativas grupales. Algunos grupos confunden el trabajo afectivo con su implicación en esta área lúdica y argumentan que estos espacios lúdicos son los adecuados para la “comunicación interpersonal”.

Es cierto que esta parte lúdica del grupo favorece una distensión de los conflictos, una diferente forma de relacionarse que no sea exclusivamente en el ámbito de la tarea y permite hacer surgir la energía comprimida en el proceso grupal. También es cierto sin embargo que, en muchas ocasiones, lo que sucede en el ámbito lúdico del grupo no deja de ser una forma de evasión.

Es en esta área lúdica donde se expresan verbal y no verbalmente sentimientos y emociones disfrazados irónicamente que pueden permitir ocultar los temores a la comunicación interpersonal para no asumir riesgos que se consideran innecesarios y, a la vez, relativizar fuertes tensiones que se hayan producido. Al mismo tiempo, en esta área lúdica se generan nuevas relaciones interpersonales, distintas percepciones de los demás y originales interacciones porque se consiente un clima más permisivo que favorece el mostrarse de una manera más auténtica y vulnerable ante los demás.

Del área lúdica nacen intuiciones que pueden derivarse al espacio de racionalidad del grupo donde el grupo puede darles forma para nuevas acciones creativas; y se provocan nuevas corrientes y mareas que impulsan el proceso del grupo para vivenciar nuevas experiencias. Con todo, abusar de lo lúdico o sustituirlo por lo afectivo produce también ineficacia e incomunicación real ya que nuevamente nos quedamos en la superficie, esta vez la del espacio de la sensibilidad del grupo que tiene unas grandes profundidades.

En este espacio de sensibilidad del grupo, en su nivel afectivo, debajo del área lúdica, el grupo como organismo tiene un área extraordinariamente importante y significativa que se puede denominar ámbito de las relaciones personales afectivas. Nos referimos al conjunto de fenómenos que se producen en un grupo y que tienen que ver con las percepciones de las personas entre sí, con las comunicaciones verbales y no verbales, con los contactos y las interacciones, los sentimientos, las emociones y las actitudes.

En un grupo las relaciones interpersonales que impactan, para bien o para mal, y afectan al proceso experiencial de las personas, son un elemento irreductible en la configuración del grupo. Los sentimientos que fluyen en estas relaciones emocionales, las interacciones que tienen lugar y las mutuas percepciones subjetivas son los componentes esenciales de estas relaciones. A veces estos aspectos se explicitan, otras veces permanecen ocultos en el subconsciente grupal; en otras ocasiones, quizás en las que más, intentan esconderse o disfrazarse.

El amor, la angustia, el deseo, el aprecio, el odio, la soledad… constituyen sentimientos y emociones presentes en algún momento de la vida grupal y, al formar parte de la “privacidad” de las personas, son difíciles de comunicar de forma auténtica. Están ligados a la experiencia íntima y su comunicación produce, en muchos casos, miedo y ansiedad.

Quizás por esta causa pocos grupos dedican momentos específicos a intentar hacer más transparente su área de relaciones personales afectivas. Y sin embargo en esta área relacional se genera la mayor parte de la energía grupal, de tal manera que si un grupo crece en comunicación y transparencia en este ámbito tiene muchísimas posibilidades de incrementar su bienestar, su creatividad y su eficacia.

Además cuando las personas de un grupo se sienten transparentes en esta área relacional-afectiva se sienten también más libres en el espacio de la racionalidad para manifestar opiniones y pareceres, de tal manera que la discusión en el grupo se ve enriquecida y tiende a la adopción de decisiones por consenso.

Esta área relacional del grupo se corresponde con el sentir experiencial de la persona. Es el pecho y el corazón del grupo, el centro del cuerpo del grupo, el lugar donde suceden las emociones y los sentimientos, el lugar donde se sienten las palpitaciones grupales. Y lo que aquí suceda influirá definitivamente en todos los demás lugares del organismo grupal. Podemos esquematizar la estructura del grupo con una figura (figura 1).

(fig. 1. La estructura del grupo)

Un grupo que desea crecer, como una persona, necesita abrirse a su experiencia y darle significado. En el grupo, esto sólo es posible en la medida en que las personas se vayan haciendo transparentes a los demás y, para ello, sus comunicaciones se tienen que hacer congruentes entre lo que siente y lo que expresa. El elemento fundamental de esta área es el vínculo. Si las personas del grupo van participando progresivamente en un proceso de hacerse transparentes en el marco del grupo existen muchas probabilidades para generar el nacimiento del vínculo. El vínculo es la sensación fuertemente percibida y comunitariamente compartida de sentirse ligadas, las personas de un grupo, por una corriente de energía afectiva que les cohesiona.

Sin duda, la función más importante del facilitador de un grupo será crear el clima psicológico adecuado para generar el nacimiento del vínculo, creando las condiciones necesarias para la comunicación y el crecimiento.

Nuestra hipótesis fundamental es que el grupo, siendo un organismo, participa de la tendencia formativa y actualizante que permite el desarrollo de sus potencialidades que intrínsecamente posee. Esta tendencia, también en el grupo, es una fuerza direccionalmente constructiva que tiende al crecimiento y, en consecuencia, impulsa al grupo a desarrollarse positivamente, a autodirigirse, a realizar una tarea eficaz y creativa. Se tratará, una vez más, de crear las condiciones para facilitar el despliegue de esta tendencia. Estas condiciones afectan a todos los espacios del grupo, a sus áreas temática y funcional y a los ámbitos lúdico y relacional-afectivo.

3.- EL PROCESO EXPERIENCIAL DEL GRUPO.

Si en el área relacional-afectiva del grupo es el lugar donde fluye la mayor parte de la energía parece plausible suponer que tiene que existir un mecanismo psicológico impulsor que genera este potencial energético y que, si presenta un funcionamiento correcto, propulse el grupo hacia su crecimiento y desarrollo.

Hemos aprendido por nuestra experiencia en la facilitación de grupos que existe un proceso que tiende a la comunicación y genera un gran potencial en la vida dinámica del grupo. La promoción de este mecanismo, su impulso por parte del facilitador constituye, en realidad, la base fundamental para que el grupo avance en su desarrollo comunicativo, vivencial y organizativo.

Este mecanismo está situado en el núcleo del grupo, en su área relacional-afectiva, y abarca todos los componentes interaccionales que lo configuran. Su origen, entonces, está en cada una de las personas del grupo en el instante antes de la interacción. Intentemos describirlo.

Las personas de un grupo, de una relación, aún en sus inicios y durante todo el segmento temporal de la vida grupal y relacional están inmersas en un complejo mundo de fenómenos que les afectan a modo de estímulos. El estímulo puede variar desde un saludo a una mirada, una sonrisa, una manera de vestir del otro que puede parecerme agradable o no. Puede que también forme parte del estímulo el prejuicio, la imagen previa del otro, o una simple conducta inicial que afecte a mi proceso experiencial. Todo este cúmulo fenoménico produce en la persona material de la experiencia, sensaciones que pueden atenderse y adquirir significado explícito desde su significación implícita. Este flujo líquido que cambia cada instante y ondea en el campo fenoménico de cada individuo configura la experiencia de este individuo como ser en el grupo. Cada experiencia de cada persona es, por tanto, distinta, pues los estímulos que les afectan pueden ser diferentes o, siendo similares, afectan a cada una de manera desigual. A todo este marco descrito lo denominamos experiencia. La experiencia conforma esta “sensación de” producida por algún conglomerado de estímulos que me afectan.

Puede que una persona no esté abierta a la experiencia y no perciba el significado de esta experiencia. Cuando una persona es capaz de dar nombre a la experiencia se percata de ella, tiene una percepción. Las personas de un grupo perciben sensaciones, emociones, sentimientos, imágenes en relación con las demás personas y con el mismo grupo. La percepción consiste en un proceso psicológico a través del cual damos un significado subjetivo a la experiencia. La percepción es un poco posterior a la experiencia, es el nombre de la experiencia. Estar abiertos a la experiencia y darle un significado es el primer paso en el mecanismo generador de la comunicación grupal.

Una persona camina de la experiencia a la percepción, a veces de forma automática, sin darse cuenta, otras veces es preciso activar la función de “atender” a la experiencia. Sólo atendiendo a la experiencia somos capaces de percibir. Lo que pasa es que esta función de atender se da, generalmente, de forma natural, especialmente cuando el conjunto de estímulos que configuran la experiencia nos afecta significativamente.

El facilitador de un grupo deberá hacer posible desde su propia experiencia y vivencia el proceso de darse cuenta poniendo a disposición del grupo su actitud y sus recursos para promover un compendio suficiente de estímulos que produzcan experiencia y ayudar al proceso de dar nombre y percatarse para dar significado a la experiencia. Cuantas más percepciones se produzcan en un grupo, más posibilidades existirán de generar un flujo comunicativo. Para favorecer este proceso de percibir sin interferencias es preciso intentar que la conciencia pensante no distorsione su nivel intuitivo.

No todas las experiencias son percibidas ni todas las percepciones comunicadas. Sin embargo, la comunicación significativa nace de la percepción y ésta de la experiencia. La comunicación significativa es aquella que expresa alguna experiencia desde el referente interno de la persona, sale del sí mismo, de algo afectado del organismo. Las comunicaciones significativas tienen consecuencias en la dinámica del grupo, las no significativas tienen escasa influencia.

La comunicación significativa representa pues el tercer punto de fuerza del mecanismo circular que impulsa la energía del grupo. El primer punto de fuerza es la experiencia, el segundo la percepción. Entre cada punto de fuerza hay una función activadora que permite la transformación de un punto de fuerza en otro. Entre la experiencia y la percepción se activa el “atender” que permite dar significado a la experiencia. Entre la percepción y la comunicación significativa es preciso activar la función de implicación.

Cada persona del grupo puede tener percepciones respecto a las otras personas del grupo pero sólo si se implica las comunica. Algunas personas, bien por temor, por falta de riesgo o por simple decisión se reservan sus percepciones y no se implican. Si no existe implicación se corta el flujo comunicativo, se impide la circulación de la energía, por lo que el grupo enferma. El facilitador deberá crear condiciones para motivar la implicación que genera comunicación. El recurso para hacerlo es promover el contacto. La implicación como función del mecanismo propulsor grupal impulsa la concentración de energía en el punto de fuerza posterior que hemos definido como comunicación significativa. Según los físicos la fuerza viene determinada por la cantidad de energía consumida. Ello nos da una idea del nivel de profundidad de cada comunicación. Como la energía no se destruye sino que se transforma, cada punto de fuerza, en especial el de la comunicación significativa que requiere una mayor cantidad de energía emocional, sugiere una posibilidad de mutación transformativa para el grupo; un tambaleo emocional, una inestabilidad en el equilibrio del momento que reporta una nueva estructura formada a partir del caos producido por la inestabilidad.

Las comunicaciones significativas favorecen la interacción. No todas las comunicaciones significativas son objeto de interacción en un grupo, pero sin las comunicaciones significativas no se produce interacción emocional. La interacción es el cuarto punto de fuerza del mecanismo. Viene determinada por la confluencia de comunicación significativa entre distintas personas del grupo. Una persona del grupo, por ejemplo, comunica algún mensaje significativo respecto de otra y ésta manifiesta lo que significa para ella la percepción de esta expresión emocional, entonces se produce interacción.

La interacción es un concepto relacional de naturaleza bidireccional que tiene su origen en una comunicación significativa que produce efectos emocionales percibidos por el grupo o por el individuo que protagonizó la comunicación. Lo importante de la interacción es que estructura una confluencia de comunicaciones entre varias personas, al menos entre dos. Las comunicaciones suelen ser asimétricas y la percepción del significado distinta para cada individuo participante en la interacción. Al ser bidireccional está conformada por tres elementos de análisis como mínimo, la persona que genera comunicación significativa, la que la recibe y genera nueva comunicación y la relación en sí que se origina en esta confluencia. Este tercer elemento, el de la relación, es el que forma propiamente la interacción.

En el proceso interaccional los participantes de la relación llegan a coincidir al definir la situación y sus reglas, aunque es poco frecuente que todas las identidades de cada persona estén implicadas en una sóla relación. La relación, en cualquier caso, no incluye de principio la totalidad del sí mismo de los respectivos individuos sino muestras parciales que se han hecho transparentes. A medida que la relación se desarrolla pueden aumentar las áreas incluidas porque los interactuantes van revelando una mayor cantidad de espacios del sí mismo.

En la interacción, entendida así, procedente de la confluencia de comunicaciones significativas, cada interactor llega a considerar de forma peculiar al otro y al vínculo inmediato que acontece y que los liga, y siente la relación con una cualidad única.

Sin embargo, para que la comunicación provoque interacción es preciso activar una nueva función denominada feed-back o retroalimentación. El feed-back consiste en un retorno al emisor de un nuevo mensaje relacionado con los efectos producidos por la comunicación inicial. Si el participante receptor de la comunicación adopta una actitud pasiva ante una comunicación, dificulta la generación de interacción. A medida que el grupo avance más necesidad experimentarán los individuos de entrar en contacto con los demás. Para que esto suceda debe haber una cierta predisposición de las personas que forman el grupo.

Una de las tareas importantes del facilitador será estimular en las personas los procesos de feed-back para que devuelvan, con una comunicación significativa, un mensaje al individuo que inició, con su implicación, la expresión del significado de su experiencia con respecto al otro.

La interacción, entonces, es la confluencia de comunicación significativa entre diversas personas que tiene lugar mediante el feed-back. Esta interacción puede ser positiva, favorecedora de encuentro; o negativa, generadora de conflicto. Una y otra constituyen el fundamento para la profundización de la relación en proceso transformativo.

Si la interacción es gratificante y percibida como satisfactoria se puede iniciar un camino de encuentro a partir de esta experiencia relacional, atendiéndola y otorgándole significado, comunicando esta nueva percepción con la implicación necesaria, recibiendo y aportando feed-back y generando, por consiguiente, una nueva interacción. Y así sucesivamente, impulsando el movimiento circular propulsor del flujo energético emocional.

Si por el contrario la interacción se percibe como negativa, como conflicto, puede existir la tentación de ocultarlo o evadirlo. No obstante la posibilidad de generar encuentro a partir del conflicto reporta una gran esperanza en el proceso del grupo. El mecanismo es el mismo, el movimiento circular de atender la experiencia, percibir su significado, implicarse nuevamente para producir una nueva comunicación significativa, recibir y aportar feed-back para facilitar una nueva interacción. Y volver a empezar confiando en que este movimiento es capaz de transformar el conflicto en encuentro.

En un grupo, sin embargo, a diferencia de una relación interpersonal, no se producen solamente interacciones aisladas protagonizadas exclusivamente por dos personas que interactúan, sino que se forman haces de interacciones múltiples en un compendio relacional de varios individuos. Cada relación bidireccional intersecciona con otras relaciones que influyen en las estructuras de la interacción. Se forman nudos de relaciones inmediatas que hacen que los pares de interactores lleguen a funcionar como unidades cuando tratan con otros pares creando condiciones de influencia en la estructura del grupo de máxima intensidad, como una nube en movimiento que tiende a descargar. La inestabilidad que se produce genera una nueva estructura, lleva inherente un nuevo orden que se origina mediante la transformación del anterior.

Es por ello que el facilitador amplia su tarea de promover feed-back a lo que denominamos función de vínculo o linking function[8] . “ Una persona dice algo, luego una segunda agrega una nueva idea pero no siempre expresa la relación de su idea con el significado de la primera contribución… Usualmente es posible ver en un grupo varios canales circulando en líneas paralelas de pensamiento. Sin embargo, si el líder centrado en el grupo hace un esfuerzo por percibir el vínculo entre cada nuevo comentario y luego expresa esta relación al grupo, la discusión parece fluir por un canal adquiriendo más fuerza a medida que cada nueva contribución se vincula a ella”.[9] Esta función está relacionada con la comprensión de los significados y de las intenciones de los individuos que se implican ya que, muchas veces, el comentario de un individuo a menudo tiene que ver con una contribución anterior en su intención interior y se vincula con ella, pero no siempre se expresa con globalidad transparente; probablemente porque las contribuciones están más centradas en el yo que en el grupo y los miembros responden a sus propias necesidades excluyendo lo que ocurre fuera de sí mismos. Esta función vincular ejercida por el facilitador tiene efectos en la orientación de cada persona en términos del proceso grupal, porque otorga continuidad al movimiento circular de flujo.

La dinámica descrita (fig. 2) contiene cuatro centros de fuerza que almacenan el flujo energético del grupo y lo bombean: la experiencia, la percepción, la comunicación y la interacción; entre uno y otro hay que introducir unos estímulos que generen el movimiento del flujo: atender a la experiencia para descubrir su significado implícito, implicarse para compartirla, recibir y otorgar feed-back para promover interacción, continuar atendiendo la nueva experiencia y seguir en este movimiento continuo.

En realidad lo que hace que un grupo tenga vida es esta dinámica de comunicación. En palabras de Ruth Sanford, cofacilitadora de Rogers : “Si el grupo funciona como un sistema abierto, los organismos individuales dentro de ese grupo se vuelven conscientes de la comunicación dentro de ellos mismos y de la comunicación con los demás miembros del grupo, siendo ambas esenciales para que dicho grupo consiga verse como una comunidad.”[10]

A medida que el grupo avanza este movimiento es más natural y fluyente, progresivamente más rápido, funciona como un motor que propulsa, cada vez a mayor velocidad, al grupo hacia adelante; esto genera mayor potencial, más creatividad y eficacia y estimula el crecimiento personal y la cohesión grupal. Cuando se acaba el movimiento, quizás de manera imprevisible, casi siempre por motivo de finalización del segmento temporal, el grupo muere. Este morir del grupo puede que haya generado nueva vida como en un ciclo vital, es posible también que la muerte no deje más que viejos recuerdos y un cúmulo de experiencia y aprendizaje personal. En ambos casos la participación en un grupo siempre habrá valido la pena.

(fig.2 La dinámica comunicativa)

En cualquier caso el facilitador ha de crear las condiciones para que estos procesos, que llevan inherentemente una tendencia al crecimiento, se desarrollen desde el mismo grupo, condiciones que favorezcan el despliegue del potencial para que no permanezca secuestrado ni paralizado. Ésta siempre es una tarea apasionante, una aventura y un riesgo, también es la gratificación de haber peregrinado por una senda que conlleva resultados satisfactorios y un cúmulo de experiencia y aprendizaje.

4.- LA PRESENCIA INTENCIONADA.

4.1.- La presencia desde la disposición actitudinal.

En los sistemas de facilitación de grupos actuales, basados en casi todos los casos en factores organizativos y de eficacia de grupos centrados en la tarea hemos percibido, lamentablemente, muchas experiencias que se nos antojan como incongruencias metodológicas. Captamos múltiples desajustes entre la filosofía que puede sustentar una determinada facilitación grupal y el método interventivo que se utiliza para favorecer el desarrollo del potencial del grupo. Es posible que la máxima alteración la constituya el mantenimiento de una actitud de profesional especialista por parte del facilitador de un grupo que desfigura su función esencial y encubre de distanciamiento su intervención en el grupo.

Nos parece que un modelo de intervención eficaz, realmente centrado en la persona, debe garantizar un alto nivel de coherencia entre la metodología y la filosofía que lo sustenta. El camino y la intención han de confluir y confundirse en una unidad armónica que nos transforme como facilitador y grupo, como personas, y nos disponga al despliegue de la tendencia actualizante en un marco de relación interpersonal y de comunicación auténtica.

Para los facilitadores del Enfoque Centrado en la Persona, el camino intencional, nuestra disposición como animadores es el único instrumento –sin ser un instrumento fáctico- que poseemos para crear condiciones que fomenten el surgir de la tendencia al crecimiento.

Por ello facilitar un grupo significa adoptar riesgos para fomentar la experiencia, ayudar a atenderla para otorgarle significado, crear condiciones para la implicación de las personas en una comunicación significativa y realizar demandas de feed-back ejercitando una función de vínculo entre las comunicaciones para hacer posible el surgimiento de interacciones en el grupo. Y todo ello con el único recurso de nuestra presencia vivencial, de nuestra actitud, de nuestra propia persona que deviene recurso para el grupo.

Cuando conseguimos crear un clima de facilitación determinado en el que las personas se sientan progresivamente libres para experienciar y comunicarse, el grupo avanza positivamente, se desarrolla de forma significativa hacia su autocrecimiento y despliega todo su potencial creativo y eficaz. Incluso en grupos en que parecía inicialmente difícil el despliegue de esta tendencia al crecimiento ha sido posible y gratificante la creación de este clima y los resultados han sido altamente satisfactorios. Este hecho nos produce una confianza cada vez mayor en el potencial del grupo, en su desarrollo y en la posibilidad inherente de ejercitar una acción creativa.

Precisamente por esta confianza en la fuerza interior del grupo y en su posibilidad de desarrollo creativo procuramos, cada vez más, no establecer metas específicas ni objetivos predeterminados que condicionen nuestra manera de facilitar hacia términos concretos o fijen de antemano la senda del grupo. Nos parece más fructífero manifestar la intencionalidad de promover un clima de comunicación y eficacia creativa por medio del cual el grupo establece vivencialmente su propio proceso y su singular ritmo confiando en que siempre será de despliegue positivo. Para hacer posible este clima, el facilitador ha de tener interiorizada (disponer de –desde sí mismo-) una manera de estar presente, una actitud nuclear de presencia vivencial, una actitud de enfoque.

Estar presente o en actitud de enfoque significa estar conectado con uno mismo, con el referente directo, tocar nuestro núcleo interno. Situarnos en el grupo desde nuestro adentro para permitir el despliegue de nuestra propia tendencia actualizante que conectará con el referente nuclear de los participantes como personas y como miembros de un grupo vivo y en proceso.

Esta presencia vivencial significa intervenir desde la actitud, no desde la habilidad. La habilidad es una representación, un disfraz que nos ponemos en el momento del acto facilitativo y representamos, teatralmente, para intentar transmitir aquello que creemos más eficaz en la dinámica de la intervención. La actitud, por el contrario, es la intervención desde el sí mismo, con nuestras dificultades y nuestras capacidades, desde la que nos disponemos a compartir con los demás las experiencias. Para ello nos disponemos a confiar en la capacidad del grupo, de cada persona, y a escuchar activamente, vincularmente. Nuestro silencio activo será un gran instrumento de facilitación. Se trata de confiar, escuchar, compartir y dar nombre.

Estar presente significa también mostrarnos auténticamente, no como especialista distante que aporta contenidos y experiencia al devenir del grupo, sino como persona que acompaña al grupo en su-nuestro proceso creativo. Ejercemos nuestro quehacer desde un estar abiertos, relativizamos nuestra programación previa, tenemos establecidas, siempre entre paréntesis, unas intenciones y disponemos de recursos y actividades que podemos sugerir al grupo en algunas situaciones concretas. Pero es preciso ser perceptivos a las necesidades del grupo, a sus demandas y, en función de esa nube de demandas, expectativas, deseos, intenciones y cambios que se suscitan por la interacción comunicativa; insinuamos recursos, técnicas, actividades sin dejarnos condicionar por estos mismos recursos. Dejamos fluir, en cierta manera, nuestra intuición y nuestra capacidad de invención.

El facilitador centrado en la persona se dispone, como persona, a intervenir en el grupo y su presencia, más que sus recursos, es lo que fomenta las condiciones para el despliegue de la tendencia al crecimiento. Esta presencia vivencial consiste en la disposición interna de tres actitudes relacionales básicas: empatía, autenticidad y consideración positiva incondicional. El facilitador en el grupo está presente, pues, como ser escucha; sabe poner sus propios problemas y conflictos entre paréntesis y es capaz de ser totalmente el otro y desprender corporalmente esta comprensión profunda del ser del otro y del grupo. El facilitador está presente también como ser él mismo en el grupo; como persona genuina que percibe sus propios sentimientos y emociones internas y como persona vulnerable que fluye y comunica aquello que es internamente persistente. Y el facilitador está presente como persona que aprecia; como persona que es capaz de transmitir amor por los demás y que acepta y valida la experiencia del otro. La comprensión y el aprecio del facilitador son actitudes auténticas que proceden de su disposición interna nuclear.

La interiorización de estas tres actitudes fundamentales por parte del facilitador y el comportamiento derivado de esta disposición, ejecutado de manera sincera y real, es lo que permite la creación de un clima de crecimiento, interacción y aprendizaje significativo y creativo en un grupo; y posibilita que el grupo realice su propio proceso hasta llegar a un estado de cohesión grupal o de validación y eficacia con probabilidades de experimentar el estallido del encuentro.

Intervenir desde esta presencia significa entonces, además de disponer desde uno mismo de determinadas actitudes, exteriorizarlas conductualmente a través de actuaciones que transmitan empatía, autenticidad y consideración positiva tanto a las personas del grupo como al mismo grupo como organismo social vivo. La actitud, en cualquier caso, cuando se posee realmente, deviene una habilidad auténtica. La simple habilidad, por el contrario, si no nace de una actitud interior del facilitador, se convierte en una fachada, en una representación teatral.

No se trata pues de “actuar” de una forma establecida, sino de “estar presente” de una manera determinada. Nuestra manera de hacer es, en el Enfoque Centrado en la Persona, el estar.

Nuestra presencia no puede consistir en el uso de un lenguaje esteriotipado y definido, verbal o no verbal, que intente expresar determinadas actitudes que no se disponen interiormente; sino que debe basarse en el intento de aprender a sentir estas actitudes básicas relacionales y dejarlas fluir, y en este fluir actitudinal ir aprendiendo hábilmente a transmitirlas para que puedan ser percibidas coherentemente por el grupo.

Tenemos la impresión de que, a pesar de que nuestra práctica nos indica que las tres actitudes facilitadoras, en el fondo, confluyen en un compendio actitudinal global que convierte en una sola disposición la comprensión, la autenticidad y el aprecio; resulta difícilmente explicable para el aprendizaje y el entrenamiento de facilitadores la manera de transmitir simultáneamente en un momento preciso consideración positiva, empatía y congruencia, y hacerlo en una sola expresión de verbalización.

A veces, en función de una determinada situación grupal o vivencia organísmica en el sentir del facilitador, se percibe desajuste entre el comprender profundamente la situación y reflejarla, considerarla positivamente o manifestar el sentimiento negativo que pueda generarle. En otras ocasiones el facilitador podrá optar, tanto si percibe como si no desajuste interno, por expresar una determinada actitud más enfáticamente con la finalidad de facilitar el crecimiento y el proceso del grupo.

A partir de nuestra experiencia e investigación hemos llegado a diseñar un modelo de intervención en la facilitación de grupos en función del proceso.[11] Podemos establecer la hipótesis en virtud de la cual la trayectoria tiene lugar de forma más coherente si el facilitador del grupo, en cada momento o estadio del proceso, disponiendo en su interior de las actitudes fundamentales, las combina de una manera determinada focalizándolas de forma distinta. Esta focalización distinta y combinada permite crear el clima adecuado para que el grupo avance en su trayectoria y llegue a la validación y cohesión.

Es fácil de entender que, en la base del “estar presente”, y disponiendo de las tres actitudes fundamentales como necesarias y suficientes, no será lo mismo intervenir en un grupo dependiente que en un grupo encantado. La forma en que combinemos las actitudes puede ser un buen sistema de intervención.

El sistema de facilitación que proponemos se basa en la disposición, por parte del facilitador, de las tres actitudes relacionales y dos destrezas accesorias. Las actitudes afectan todo el espacio del grupo, su espacio racional y su espacio sensible, las destrezas afectan sobre todo al espacio de la racionalidad, al quehacer del grupo, aunque también inciden en el área lúdica.

Las actitudes, en tanto relacionales, constituyen el fundamento de la intervención y son, por ello, necesarias y suficientes. Afectan a todo el grupo como organismo, a sus espacios y áreas, a su movimiento circular comunicativo, a su trayecto y a su acción.

Sin embargo tenemos la impresión de que la disposición a la autenticidad es la actitud más facilitadora y el fundamento de las otras disposiciones de empatía y consideración positiva. Si la empatía transmitida y el aprecio no provienen de la autenticidad se convierten en sí mismas en recursos y técnicas que no generan comunicación ni encuentro porque permanecen en el nivel de la habilidad y, como tal, es como si fueran exteriores a uno mismo porque no provienen de lo más nuclear de la persona. Nos parece, entonces, que la autenticidad es impactante por sí misma y hace que las otras condiciones tengan efectividad porque son percibidas transparentemente, en caso contrario parecerían manipulaciones o falsificaciones de un rol especialista distante. También es posible que una persona realmente auténtica lleve aparejado un comportamiento empático y de consideración hacia el otro porque al transmitirse desde su núcleo se mantiene en contacto con su propio potencial que es de naturaleza constructiva.

Por la confluencia de estas tres actitudes estamos aprendiendo que, al final, todo consiste en el estar presente. Es como dejarse llevar por la intuición que nace de uno mismo conectado con el grupo y bucear en estas profundidades, dejándose estar, sin empujes ni aletas que ayuden a navegar, sino permanecer y sentir el balanceo a través del cual convergen las conciencias porque, en el fondo, todo es una mezcla líquida sin fronteras y no cabe sino sentirse parte de esta disolución y contemplar las reacciones transformativas que germinan permanentemente.

La presencia consiste, al fin y al cabo en estar conectados con el propio núcleo interno y el silencio es una maravillosa herramienta para permitirnos conectar con uno mismo. Es tan sencillo como permanecer solos un rato, callar y respirar y, dejando a un lado las tentaciones de los análisis racionales, impregnarnos de silencio para que fluya del centro de nuestro cuerpo el lenguaje de la sensación que significa más que las palabras. Con el silencio interior emerge un nuevo espacio que, a modo de engranaje, concita un flujo continuo de emoción y sentimiento que se va abriendo camino en nuestro vivenciar . Desde ahí cobra sentido la capacidad de sorprenderse de uno mismo, de percibir el propio potencial constructivo, el poder personal que nos otorga la posibilidad de confiar en nuestro propio organismo y de ampliar el marco perceptivo de la conciencia que nos hace estar más abiertos al experienciar.

Y a partir de esta riqueza interna resulta gratificante arriesgarse a salir fuera y permitirse ser vulnerable experimentando que el crecimiento es un proceso sin fin que tiene su raíz en el propio núcleo personal y en las relaciones de confluencia de las conciencias que, en este contexto de vulnerabilidad, podemos experimentar.

Facilitar un grupo requiere, en fin, saber facilitarse uno mismo, y hacerlo también autoaplicándonos las condiciones necesarias y suficientes de la facilitación centrada en la persona: escucharse, aceptarse positivamente con aprecio y ser auténticos con nosotros mismos dando nombre correcto a lo que hay y no autoengañarnos. Se trata, en realidad, de reconocer que sólo yo puedo ser yo mismo y, en ese reconocimiento es cuando puedo permitirme ser más vulnerable y descubrir la fuerza intrínseca a esta misma vulnerabilidad que nos hace más abiertos a la experiencia y más capacitados para experienciar el fluir de la vida y la posibilidad de transformarnos.

4.2.- Dos destrezas complementarias.

A partir de nuestra experiencia hemos significado que la eficacia y la creatividad de los grupos pueden ser impulsadas por el facilitador en base a la disposición de dos destrezas que complementan su estar presente actitudinal. Las hemos denominado destreza de la agilidad y destreza de la animación.

Parece que en el espacio de la racionalidad del grupo y en el espacio de su tarea externa estas dos destrezas tienen una relevante influencia para el impulso de una acción creativa y eficaz. Hemos aprendido que si complementamos nuestro estar presente actitudinal que abarca las actitudes de empatía, consideración positiva y autenticidad, con un mostrarnos ágiles promoviendo un determinado ritmo acelerado en la tarea del grupo, y animados, con una especie de sentido lúdico; el grupo se muestra más eficaz y creativo.

Como destrezas provenientes del facilitador forman parte de su sentir interno, de su manera de facilitar, de su estilo. Por lo que no se trata tanto de sugerir recursos útiles para la impregnación de ritmo o de sentimiento lúdico sino de mostrar agilidad y animación.

Nos parece posible y conveniente la combinación de estas dos destrezas en una unidad compleja interventiva en la que se muestren ambas simultáneamente. Si no fuera así, estaríamos hablando, en realidad de estilos distintos y contradictorios. En un reciente libro sobre la psicoterapia de Carl Rogers, su colaboradora María Villas-Boas –fallecida en 1994- comenta la transcripción de una de las últimas entrevistas de demostración del maestro que tuvo lugar en un seminario realizado en 1983, cuatro años antes de su muerte. En uno de estos comentarios -refiriéndose a la evolución de Rogers en sus entrevistas- expresa Villas-Boas: “Dos cambios son evidentes, en primer lugar utiliza un abanico de técnicas mucho más amplio que la simple reformulación de lo que el cliente dice y la clarificación de sentimientos. Usa la interpretación, las señales del cuerpo de la cliente para traerla al aquí y al ahora, metáforas, humor, exagera y repite sus comentarios de autodesprecio para acentuar lo absurdo y la anima a ser precisa en la evaluación de sí misma. En segundo lugar, Rogers se permite a sí mismo ser directivo. Formula hipótesis acerca de la fuente de los problemas y las comprueba abiertamente para verificarlas; además, introduce temas nuevos y rompe silencios”.[12]

Podemos entrever, a través de esta referencia, que el maestro ya intuía la significación en su estilo de la metáfora y el centramiento en lo esencial como destrezas facilitadoras. Sin haber expresado un compendio adicional teórico a sus “condiciones necesarias y suficientes” parece que Rogers ya desarrolló en los últimos años estas habilidades en su manera de entrevistar.

Es plausible que esta disposición conjunta de ambas destrezas tenga que ver con lo manifestado por Csikszentmihalyi en una de sus extraordinarias publicaciones : “Un tercer rasgo paradójico se refiere a la combinación afín de carácter lúdico y disciplina, o responsabilidad e irresponsabilidad. Es indudable que una actitud lúdicamente alegre es típica de los individuos creativos… Pero este carácter lúdico no llega muy lejos sin su antítesis, una cualidad hecha de tenacidad, resistencia y perseverancia.”[13]

Con la destreza de agilidad nos referimos a la disposición del facilitador a generar actividad. Se trata de que con su actitud el facilitador ayude al grupo a centrarse en la tarea y a obviar la dispersión sugiriendo al grupo cuando es necesario que nos debemos centrar en el contenido de lo que estamos tratando. Se trata también que el facilitador genere ritmo, presione temporalmente como si dijera: “¡Va, manos a la obra…!” o “¿empezamos?”. Y se trata, en fin, de que el facilitador recuerde los límites temporales y él mismo sea congruente con la disposición del tiempo del grupo: puntualidad al iniciar y finalizar la sesión, y coherencia con las acotaciones de tiempo determinadas por el grupo para cada tarea.

Esta destreza de agilidad y de impulso de ritmo rápido conlleva la capacidad moderadora del facilitador fomentando la implicación de todos los miembros del grupo, alimentando el feed-back, mostrando interés por lo expresado, centrando continuamente el tema de discusión y explicitando los acuerdos adoptados para reafirmarlos.

Una destreza de agilidad sin humor no despierta la creatividad grupal. La animación es una destreza por medio de la cual el facilitador transmite entusiasmo, se presenta de manera simpática ante los miembros del grupo y hace uso del lenguaje metafórico, a veces irónico, para elucidar la situación del grupo. Con esta destreza el facilitador, a través de la metáfora y de su propia gestualización promueve la creatividad y la originalidad del grupo que se siente libre para aportar nuevas ideas y superar los límites conceptuales a que puede estar sometido. Se trata de dar también importancia a la ambientación de los espacios, a la presencia de nuevas ideas, a la experimentación, al riesgo, a lo lúdico, al humor y a la fiesta celebrativa.

La destreza de la animación no consiste exclusivamente en el uso de la ironía. La ironía del facilitador puede ser hiriente y puede usarse para esconder la autenticidad del propio facilitador tras una máscara relativamente humorística que no ayuda al grupo en su quehacer. La destreza consiste más bien en el uso delicado de la metáfora como revulsivo para ayudar al grupo a la toma de conciencia y, a través de este percatarse, impregnarlo de impulso para una acción creativa.

Creemos que esta síntesis de agilidad-animación, de ritmo desenfrenado y revulsivo metafórico, de eficacia y simpatía, de lógica racional y juego afectivo, de matemática y poesía; produce una nueva unidad interventiva facilitadora que, en nuestra experiencia, transmite al grupo un impulso de proyecto con grandes posibilidades de generar acciones eficaces y creativas.

4.3.- La intencionalidad de la presencia.

La presencia del facilitador tiene una característica sustancial y es su carácter de intencionada. No es una presencia pasiva ni ajustada a una estrategia previamente establecida en virtud de la cual el animador sabe de antemano las intervenciones que puede realizar según perciba una situación grupal. Al contrario, su presencia no puede ser fruto de un producto que concuerde con un modelo cerrado de facilitación.

La presencia, más que un producto es un proceso en sí mismo en el cual el camino es más importante que la llegada. Como tal, la llegada siempre es cambiable y modificable porque las personas en el grupo están en permanente situación de fluidez.

La intencionalidad de la presencia implica en su propia configuración conceptual la significación de dinamismo. Es dinámica porque existe la posibilidad de redireccionar el proceso y la misma intención planteada a modo de expectativa inicial a medida que se produce el acontecer de un proceso que fluye permanentemente e influye en la misma intención.

Pero al mismo tiempo la intencionalidad es tendenciosa. No consiste en una formulación final cerrada sino en una expresión de deseo interiorizado, un “ir hacia” un horizonte que contiene un conjunto de valores. Es, en este sentido, una expresión de voluntad para orientar la acción interventiva facilitadora hacia una finalidad que no es otra que el despliegue de la tendencia actualizante.

En tanto que intencionada, la presencia facilitadora contiene inherentemente un sentido. Este significado existencial tiene que ver con el crecimiento y la dignificación de la persona, con la comunicación auténtica y las relaciones intensas, con la esencia que configura nuestro núcleo interno y con el amor.

Esta intencionalidad de la presencia facilitadora no sólo muestra que hay una confluencia entre el núcleo del facilitador y el grupo sino que esta relación forma parte en sí misma del acontecer. Y este acontecer es la expresión misma de la tendencia al crecimiento.

5.- LA CONDICIÓN OLVIDADA O ¿CÓMO EMPEZAR?

Intentamos abordar una cuestión que siempre resulta compleja tanto en la tarea de facilitación de grupos como en las relaciones interpersonales significativas. Se trata del permanente dilema entre la espera y el contacto.

En los ámbitos más radicales del entorno de la no-directividad oimos con mucha frecuencia que, en realidad, la tarea del facilitador de grupos es la de “no hacer”, frente al hacer. Parece que, tratándose de confiar realmente en el potencial del grupo, el facilitador tiene que esperar y ser extraordinariamente paciente con el grupo mientras no se produzca un inicio del proceso comunicativo. Y aún produciéndose este proceso cabe aceptar incondicionalmente cualquier nivel comunicativo sea cual fuere su grado de profundidad o superficialidad.

El facilitador, desde esta perspectiva, no puede interrogar, ni violentar al grupo, ni provocar artificialmente el proceso comunicativo. Es una interpretación determinada de unas palabras de Rogers cuando manifiesta: “Tengo muchísima paciencia con el grupo y con cada individuo que lo integra… Si un grupo desea intelectualizar, o discutir problemas muy superficiales, o es muy cerrado desde el punto de vista emocional, o teme mucho la comunicación personal, estas tendencias rara vez me molestan tanto como a otros coordinadores.”[14]

Sin embargo creemos conveniente no rehuir de la adecuada contextualización en que adquiere significación esta importante apuesta por la espera en detrimento del contacto.

De hecho, cuando Rogers sustituyó la denominación de su terapia “no-directiva” por la de client-centered therapy otorgó significación a la palabra client como refiriéndose a aquella persona que, voluntariamente, acude en demanda de ayuda. Proyectando parte de esta significación en la participación en un grupo de encuentro podemos aseverar que la presencia de las personas en las experiencias grupales a las que se refiere Rogers en la obra citada era voluntaria y decidida previamente.

Sin embargo, no todos los grupos, a los que podemos aplicar nuestro sistema de intervención, están conformados por personas que participan “voluntariamente” en el grupo o que forman parte del grupo porque “realmente” lo desean.

En el ámbito educativo, por ejemplo, en la etapa de la enseñanza secundaria obligatoria conocemos experiencias de participación en un grupo-clase en las que varios alumnos no han elegido libremente formar parte de este grupo porque, en realidad, están obligados por el sistema educativo. En ámbitos laborales ocurre parte de este mismo fenómeno. Incluso en ámbitos formativos, muchas personas que asisten a algún curso de formación permanente lo hacen inicialmente no tanto por una motivación formadora como por la necesidad de obtener unos créditos formativos o algún beneficio en su promoción profesional. Y en estos ámbitos, en los que hemos aplicado nuestro sistema de intervención, hemos podido comprobar como el Enfoque Centrado en la Persona es un modelo potente para la eficacia y la comunicación. De ahí que, cada vez más, tenemos la convicción de que el dilema entre la espera y el contacto vaya clarificándose a favor del contacto. Se tratará de vislumbrar la clase de contacto compatible con la espera y con el respeto máximo a la intimidad y libertad de las personas para que decidan su propio grado de implicación.

Y en este sentido nos gustaría reseñar algún aspecto de la teoría de Rogers al que no se le ha otorgado la importancia suficiente. Estamos muy acostumbrados a hablar de las tres condiciones necesarias y suficientes de Rogers: empatía, consideración positiva incondicional y autenticidad. Pero Rogers abordaba seis condiciones y la primera era la necesidad de contacto: “Para que un proceso terapéutico se produzca es necesario: 1.- Que dos personas estén en contacto…”[15] O, en el mismo libro, en su teoría de las condiciones del desarrollo de una relación enriquecedora manifiesta: “Para que aumenten y mejoren la comunicación y la relación entre las partes, es necesario que: 1.- Un sujeto Y consienta en entrar en contacto y en comunicación con otro sujeto X. 2.- El sujeto X desee estar en contacto y en comunicación con Y…”[16]

Más aún, en su teoría de las condiciones de la resolución de conflictos de grupo expresa: “La tensión y el conflicto grupales se reducen si existen las condiciones siguientes: 1.- Una persona (a la que llamaremos facilitador) está en contacto con X, Y, Z…”[17]

Vemos, por consiguiente, que Rogers otorgaba al contacto una importancia sustancial, no como categoría adicional a las condiciones necesarias y suficientes sino como condición primera para cualquier tipo de intervención, sea en el ámbito de la psicoterapia, las relaciones interpersonales o la facilitación grupal.

Y definía el contacto de esta forma: “Cuando dos personas están en presencia una de la otra y cada una afecta el campo experiencial de la otra en forma percibida o subliminal, decimos que esas personas están en contacto.”[18]

Para nosotros lo significativo de esta definición lo constituye la afectación sobre el campo experiencial de cada persona en una interacción de contacto. Se produce contacto cuando la presencia de la persona ante la otra es vivencial y esta presencia comporta algún movimiento interno corporalmente sentido de carácter emocional en el receptor. Así el contacto puede posibilitar el inicio de un proceso comunicativo que permitirá hacernos más vulnerables el uno al otro.

Si no hay contacto no habrá interacción y, por ende, será imposible la facilitación. El contacto es la condición previa para que se pueda producir una intervención facilitadora en el grupo y ese contacto debe producirse desde la afectación significativa sobre la experiencia interna de una persona o del grupo, esta afectación genera cambio interno, movimiento emocional significativo que fomenta el inicio del proceso de toma de conciencia y de comunicación interpersonal. “El contacto es la savia vital del crecimiento, el medio de cambiar uno mismo y la experiencia que uno tiene del mundo. El cambio es producto forzoso del contacto… El contacto es implícitamente incompatible con el hecho de seguir siempre igual”[19]

Nos parece pues que un buen facilitador debe favorecer el contacto, con extraordinaria delicadeza, sin duda, pero ha de procurar demandas de contacto para promover posibilidades tendentes a iniciar un proceso de comunicación en el grupo. La espera, desde este punto de vista, es posterior al contacto. Se trata de preguntar, confiar y esperar. Sólo después de la demanda de contacto tiene sentido la confianza total en el grupo y en sus potencialidades.

Si aceptamos este ángulo en la interpretación de las orientaciones de Rogers –y para nosotros es la única interpretación posible en los grupos formados involuntariamente- parece importante señalar que la demanda de contacto proviene del facilitador y no del client. Lo que pasa es que esta demanda tiene que ser casi imperceptible para que no se perciba como forzada ni violenta. Y, a partir de esa demanda ha de producirse una espera paciente y confiada en la que intencionamos nuestra presencia vivencial a través de la disposición de las actitudes facilitadoras.

5.1.- Entrar en contacto.

Entrar en contacto es la función principal para iniciar un proceso de relación significativa. Entrar en contacto no significa provocar ni violentar a una persona para una interacción. Al contrario, es una función respetuosa. Es una demanda sincera de interacción.

Cuando entramos en contacto iniciamos un proceso de interacción en una relación. El contacto constituye realmente la primera interacción significativa. Por eso, para entrar en contacto, hay que ser sumamente delicados, como pidiendo permiso para entrar en el mundo del otro y sabiendo que estamos expuestos a una negativa ante la cual queremos ser respetuosos y comprensivos.

Al entrar en contacto decidimos exponernos también ante el otro y, en consecuencia, asumimos la responsabilidad de esta decisión que es nuestra y sabemos del riesgo que comporta pero que queremos asumir.

Entrar en contacto consiste en realizar un “grito” psicológico a otra persona con la intención de recorrer un camino juntos, una aventura de duración indeterminada y variable. Es un inicio de un proceso relacional por medio de interacciones del que no conocemos ni la dirección, ni un hipotético final, ni los obstáculos, ni los límites. Sólo sabemos que existe la probabilidad de conflicto y la posibilidad de encuentro, pero también conocemos que es un proceso extraordinariamente enriquecedor.

Entrar en contacto es una acción volitiva, un acto de voluntad. Precisa de una decisión previa de la persona que quiere contactar para activar esta función en el organismo. Es preciso desear entrar en contacto para realizar esta actividad psicológica y tomar la decisión personal asumiendo la responsabilidad que comporta.

Entrar en contacto, además de una acción volitiva, es también una acción electiva. No entramos en contacto con todas las personas, sino que elegimos en función de muchas variables, necesidades y deseos a la persona con la que nos gustaría contactar en un momento determinado. Esta elección depende de uno mismo en nuestras relaciones y en la tarea de facilitación en un grupo.

Pero entrar en contacto es también una acción de inmersión respetuosa en el mundo interno de la otra persona que, inicialmente, implica establecer un cierto control en nuestras propias emociones para no proyectarlas al otro. Cabe, más bien, estar abiertos al mundo interno del otro y entender su marco de referencia. Realizamos una demanda de contacto, pero no damos ni nos damos la respuesta; esperamos la reacción del otro para que se produzca la interacción y, a partir de ahí, iniciar un proceso relacional mediante la retroalimentación.

Para entrar en contacto debemos situarnos en el plano de los sentimientos y de la conciencia afectiva, no en el terreno de los hechos y de la racionalidad. Preguntar qué piensa el otro, o qué ha sucedido no genera la función del contacto. Hemos de establecer la demanda en un ámbito afectivo y emocional.

Cuando queremos entrar en contacto activamos alguna función de nuestro organismo a través de la cual realizamos la demanda y manifestamos nuestra voluntad de sumergirnos en el mundo del otro, de promover la interacción.

La mirada es, por ejemplo, un instrumento para el contacto. Nos referimos a la mirada intensa, la mirada a los ojos, aquella mirada que no es violenta ni pesada sino que transmite ternura y comprensión y que se retira de inmediato si no obtiene respuesta. Cuando miramos delicada y respetuosamente a los ojos de una persona podemos transmitir interés y aprecio por su núcleo interno, aceptación y comprensión, o al menos, una ligera indicación de contacto e inicio de una relación que puede producirse si esta persona decide acceder a la demanda de contacto a través de alguna señal en su organismo que va emergiendo paulatinamente y nos expresa una pequeña sugerencia que también afecta a nuestro campo experiencial. Esta afectación tiene componentes transformativos y hace que nos impulsemos hacia un proceso interaccional.

La escucha profunda y activa constituye también una gran destreza para el contacto. No aquella apariencia de escucha que en realidad espera a que se produzca el momento oportuno para poder hablar, sino aquella escucha interesada en la expresión del otro que está atenta al significado que transmite la persona más allá de las palabras y genera comprensión y aceptación incondicional. Esta escucha significativa, como demanda de contacto, no precisa el reflejo como respuesta, es más bien una escucha vivencial, silenciosa, pero auténticamente presente. Es una escucha vincular que se produce de conciencia a conciencia, como conectada con el núcleo del otro. Precisamente por ello no es una escucha violenta ni interrogativa sino respetuosa y delicada que indica la voluntad de una presencia desinteresada y respeta, si así fuera, la retirada o el rechazo del otro.

El tacto es también una función muy importante para el contacto. La proximidad física, neta y sincera, un ligero toqueteo suave y cariñoso, respetuoso, frágil… que exprese intención de confianza y acogida es un magnífico instrumento para el contacto. En nuestra cultura occidental no se ha facilitado el valor del tacto en las relaciones interpersonales como en otras culturas, sin embargo, en nuestra experiencia de facilitación hemos experimentado como el tocar representa un gran potencial en el establecimiento de contacto y en el impulso de procesos interaccionales.

La mirada, la escucha y el tacto son instrumentos de demanda de contacto situados en el ámbito no verbal de la conducta del facilitador. Como tales tienen que ser expresión auténtica de actitudes e intenciones de facilitación para promover el contacto interpersonal y, desde éste, iniciar un proceso comunicativo profundo que tiende al encuentro. Con estos instrumentos el facilitador utiliza el lenguaje del cuerpo en su demanda de contacto y este lenguaje, si es expresión real de sentimientos auténticos, es un lenguaje potencialmente significativo y sincero que emerge desde el interior de uno mismo y conecta con el núcleo del otro. De ahí su poder transformador, su gran energía productora de cambio interno.

Pero hay aspectos del lenguaje verbal que también son generadores de contacto. El lenguaje verbal cuando es utilizado para comunicarse en el plano de los sentimientos constituye una poderosa herramienta de contacto. No un lenguaje repetitivo, porque el repetirse tiene como consecuencia la neutralización del contacto, sino un lenguaje que exprese autenticidad, desde dentro de uno mismo, con mensajes-yo, sin demasiadas preguntas (preguntar en vez de afirmar es otra manera de mantener el contacto a baja temperatura).

Este lenguaje promueve el contacto cuando muestra una expresión de vulnerabilidad, cuando es manifestación de un sentimiento corporalmente sentido desde nuestra experiencia interna y transmite el nombre que nuestra conciencia ha dado a esta sensación. Es una comunicación del aquí y ahora y explicita el cómo me siento, no tanto el porqué.

Cuando esta expresión de vulnerabilidad se refiere al cómo me siento contigo en este momento utilizamos la función de inmediatez[20] . La inmediatez es la capacidad de la persona para iniciar con el otro, de manera explícita y directa, la discusión sobre cómo es vivida la relación entre ambos en este momento. Con esta destreza intentamos realizar una demanda de contacto basada en la toma de conciencia de nuestra relación, en el aquí y ahora, para establecer nuevas interacciones y facilitar una relación significativa.

Algunas preguntas –no muchas- son adecuadas para demandar contacto. Para que una pregunta genere contacto no debe ser muestra de una actitud interrogativa ni enjuiciativa, sino transmitir un fondo de preocupación e interés acogedor sobre el estado de ánimo del otro en este momento determinado. Tiene que ser una pregunta en torno al “¿Cómo te sientes en este momento?” o “¿Cómo te encuentras?” pronunciada con un tono dulce y suave lejos de todo matiz agresivo o indagador. Este preguntar no puede ser impaciente ni insistente, más bien consiste en un preguntar desde una distancia media respetuosa con los límites del otro pero no tan lejana que no manifieste interés ni preocupación auténtica. Es un preguntar sereno, sencillo, que refleja acogimiento y aceptación. Es un preguntar que sabe esperar y no exige respuesta.

Lo que hace el facilitador es, pues, una demanda de contacto inicial. Pregunta y espera. Esta demanda está exenta de violencia y de voluntad de hurgar en el mundo interior del otro. Es una demanda sencilla, dulce, que muestra más una actitud de dar a conocer que estoy presente, abierto en el caso que el otro quiera acudir. Es un indicio de seguridad más que de temor, es una pizca de luz que se vislumbra al final del túnel oscuro y orienta hacia la dirección donde se encuentra el núcleo personal.

Y lo que hace también el facilitador es permitir, e incluso suscitar, que las personas del grupo se realicen demandas de contacto entre sí porque ello posibilita un mayor dinamismo comunicativo e interaccional.

En nuestra experiencia de facilitación hemos aprendido que el contacto fomenta la interacción de las conciencias. La expresión de esta interacción por medio del feed-back genera una nueva energía en la relación, facilita nuevas interacciones y aporta fluidez en la dinámica relacional que se ve impregnada de vivencia y experiencia, todo junto genera cambio; cambio en lo personal y en lo interpersonal, y este proceso fluido es el que posibilita el encuentro.

5.2.- La cuestión de la iniciativa.

Uno de los problemas que solemos sentir más molestos en el mundo de las relaciones interpersonales es que nunca tenemos la seguridad de si acertamos o no en la adopción de la iniciativa. A veces percibimos que tenemos que esperar a que el otro nos demande para entrar en una dinámica de comunicación nuclear profunda. Cuando esto sucede, casi siempre la espera nos resulta larga y angustiante. Otras veces sentimos que sólo adoptando la iniciativa facilitamos la inmersión en este mundo nuclear interrelacional. Al adoptarla, sin embargo, quizás no logremos hacer desaparecer un cierto sentimiento de culpabilidad que aparece ligeramente porque nos visualizamos dando un paso que quizás el otro no desea y entonces sentimos que hemos forzado la relación llevándola al núcleo sin la pretensión previa del otro.

Cuando facilitamos un grupo, algo de todo eso también nos puede suceder. Y a pesar de haber intentado pautar, en función de criterios experienciales, cuándo sería mejor la espera y cuándo utilizar la iniciativa, no podemos obviar una especie de sensación dubitativa en algunos instantes del proceso de facilitación.

Aún así, en los grupos intensivos sobre todo, pero también en otro tipo de grupos de estructura temporal extensiva, acotamos las sesiones grupales para que no sobrepasen la hora y media de duración aproximadamente. La sesión tiene una duración entonces que va entre una hora y quince minutos y una hora y cuarenta y cinco minutos como máximo. Parece que después de este segmento temporal el grupo pierde eficacia comunicativa.

Existen varias razones que nos han conllevado a esta percepción desde la experiencia. Sobrepasado este tiempo se produce como un agotamiento psicológico en la dinámica comunicativa y las personas necesitan un espacio de descanso y expansión. Se precisa, en cierto modo, una entrada de aire fresco, un salir fuera, un verse nuevamente en un mundo diferente, un cambiar de espacio. El agotamiento puede ser producto no sólo del impacto producido por las intercomunicaciones e interacciones que han acontecido sino también por la toma de conciencia de haber conectado con el propio núcleo interno, de haberlo tocado, de haber dado nombre a sensaciones que han ido fluyendo, de haber tenido algún insight, alguna experiencia momentánea y profunda de aprendizaje significativo y visceral. Si no cortamos a tiempo, la comunicación que se ha generado se hace cíclica, camina en espiral y se superficializa porque ya ha habido un fuerte desgaste de energía y las personas van distanciándose del núcleo del organismo grupal porque necesitan airearse. La mayoría de las veces, en el pequeño descanso, en el pasillo, emerge una nueva mutación grupal. Se produce un salto hacia delante.

De ahí que, a la vuelta al espacio del grupo, cobre importancia la cuestión de la iniciativa del facilitador. Después de recordar la intención de la sesión, de resonar nuestro proceso comunicativo adoptamos una actitud de espera. No es momento de adoptar inicialmente la iniciativa porque entonces podría dispersar el interés del grupo y concentrarlo en nuestro propio interés. Se trata más bien de recordar, resonar y esperar a ver qué sucede. A veces, muchas, alguna persona del grupo reemprende el camino, o realiza alguna comunicación significativa como consecuencia del reposo energético que ha tenido lugar y le ha ayudado a dar nombre a una sensación determinada o a ordenar el caos interno que sentía. Si es así continuamos facilitando con nuestra presencia vivencial y el proceso del grupo sigue aconteciendo.

A veces, sin embargo, no ocurre nada. Percatarse realmente de que no ocurre nada es bastante difícil. A veces parece que no ocurre nada porque el silencio inunda el espacio del grupo, pero es probable que este silencio en realidad sea un compendio de ruidos interiores y el núcleo de las personas del grupo esté en actividad energética. En este caso las personas protagonizan una multitud de emociones y sensaciones que pronto van a ser explicitadas en parte. Si es así, nuestra actitud sigue siendo la de la espera y procuramos estar presentes de manera vincular para posibilitar una confluencia de las conciencias.

Pero si percibimos que en realidad no ocurre nada, generalmente cuando han pasado quince o veinte minutos del inicio de la sesión, entonces adoptamos la iniciativa a modo de demanda de contacto. Esta demanda de contacto puede tener distintas formas: una mirada profunda, una caricia, una pregunta no indagadora, una comunicación desde nuestra propia vulnerabilidad, o una comunicación hacia una persona o hacia el grupo desde la relación de inmediatez. Contactamos y esperamos. Y en este esperar posterior casi siempre acontece un revulsivo que impulsa el camino de la interacción hacia el encuentro.

El mecanismo de espera-contacto-espera nos parece esencial en la facilitación de grupos. Una vez más sólo la intuición facilitadora puede indicarnos el momento de la espera o del contacto. Y esta intuición es tal intuición sólo si estamos plenamente abiertos al sentir del grupo y en este estar abiertos somos capaces de distinguir la propia intuición de nuestra necesidad. La necesidad del facilitador suele provenir de las propias carencias personales o de sus expectativas respecto al grupo. Confundir intuición con necesidad es un atentado al grupo que hemos visto cometer demasiadas veces por parte de algunos facilitadores. Estos facilitadores se diluyen en el clima del grupo con demasiada facilidad y anteponen sus necesidades personales a las necesidades del grupo impidiendo un avance en el difícil proceso grupal que entorpece el camino del grupo hacia el encuentro y la eficacia. Nos parece fundamental en la facilitación de grupos que sepamos comprender que el facilitador es un recurso para el grupo y como tal está a su entera disposición. Saber entender cuál es la disposición necesaria es una muestra de sabiduría y buen hacer del facilitador de grupos.

5.3.- Estar y permanecer en contacto.

Quizás de lo que se trata, al fin y al cabo, no es tanto entrar en contacto ni permanecer en la espera como el estar experiencialmente en contacto. Cuando realmente “nos disponemos” a estar presentes, en contacto con el grupo, con cada persona del grupo, parece que por debajo de cualquier recurso facilitador, por debajo incluso de las propias actitudes necesarias y suficientes, algo se mueve en fluidez y contacta con todos, resuena intensamente. No encontramos palabras adecuadas para definir sistemáticamente esta presencia. Es como si se tratara de permanecer ahí, como contemplando un acontecer que no es de nadie y es de todos, un devenir que ocupa todo el tiempo intensamente. Cuando estamos en esta disposición vivencial las actitudes vienen como por añadidura, de manera intuitiva, y nos percatamos de que trascendemos nuestro propio ser facilitador para diluirnos en el acontecimiento del grupo. Entonces sucede.

En el estar en contacto la frontera entre el ser facilitador y el ser facilitado se hace añicos, se fragmenta y se expande en el ambiente total del organismo grupal como en un mar y un cielo que dejan de entreverse separados por un horizonte inexistente.

Y en este estar en contacto dejan de tener sentido todos los análisis de proceso y todos los recursos de la facilitación y cobra significación el silencio, la metáfora, la proyección de la intención para expandir el hacer del grupo creativamente, la comunicación en confluencia, el aprendizaje compartido desde el respirar juntos una nueva forma de ver y comprender nuestro estar y nuestro hacer.

Al final parece que desde esta complejidad de la experiencia del estar en contacto, del disponernos vivencialmente al estar presentes surgen las alternativas que emanan de la misma tendencia formativa que impulsa al grupo y a las personas hacia un desarrollo armónico con el mundo y enriquecedor para uno mismo. Es entonces cuando siempre acabamos concluyendo que los recursos y las estrategias siempre son accesorios y que, incluso, a veces entorpecen el despliegue de esta fuerza transformadora.

5.4.- ¿Intuición facilitadora?

El modelo sugerido de presencia intencionada no es sólo el fruto de un proceso de funcionamiento de la racionalidad reflexiva a través de la cual planteamos una hipótesis de intervención que vamos reconfirmando con la experiencia. Más bien se suscita a partir del experienciar mismo del facilitador en el grupo cuando intenta realmente disponerse actitudinalmente a partir de la interiorización de las actitudes fundamentales del Enfoque Centrado en la Persona. Es casi un proceso natural de facilitación que fluye por sí mismo desde el estar presente.

En este sentido este modelo facilitativo no consiste en la adecuación de la intervención facilitadora a un esquema preconcebido desde la cognición, que previamente se conoce, y se intenta seguir miméticamente en la tarea facilitadora. Es decir, no es ninguna receta de intervención psicosocial como si se tratara de una fórmula matemática o mágica dispuesta para su aplicación. Es mucho más un reconocimiento que un conocimiento previo. Es un dar nombre a la experiencia del estar presente del facilitador en el grupo, es el significado mismo de la presencia facilitadora.

Esta manera de “estar” responde, pues, al fluir intuitivo del facilitador. Éste no se plantea, en el transcurso del proceso, si en un momento adecuado es preciso focalizar una u otra actitud. Lo que hace el facilitador es estar abierto a la experiencia grupal, percibir el significado profundo del experienciar del grupo, escucharse a sí mismo desde el lugar interno que enmarca su presencia de facilitación e intervenir actitudinalmente. Su proceso corporal intuitivo le indica la manera de intervenir. Y esta manera de intervenir que emerge desde el centro personal del facilitador contiene en su seno la focalización actitudinal más adecuada en el instante preciso.

Estamos convencidos de que un facilitador que se dispone actitudinalmente en un grupo desde el estar presente auténtico, comprensivo y de consideración positiva hacia el grupo, interviene de una forma que se ajusta considerablemente al modelo descrito. Y este intervenir surge de la propia capacidad intuitiva más que del planteamiento racional.

En realidad lo más significativo es la propia congruencia del facilitador entre su sentir, su pensar y su hacer en el grupo. Es a partir de esta congruencia íntimamente personal cuando es posible un nuevo modo de percibir en el que la estructura del pensamiento no distorsiona la capacidad intuitiva. “Hablamos de que hay que desprenderse del pensar y funcionar con lo sutil; no estar ahí, sí estar con, y esto se logra con la intuición”.[21]

Actuar por intuición no consiste en un impulso inicial de intervención a la manera de un intento de ver qué ocurre. Ni puede fundamentarse en intervenciones decididas a modo de ocurrencias irresponsables que permiten una autojustificación posterior del hacer del facilitador porque entiende que “ha intervenido por intuición”. Al contrario, la intuición presupone y precisa una conexión profunda con el núcleo interno personal, con el sí mismo auténtico, se basa en el escucharse desplazando los ruidos y hacer un espacio al silencio interior para dejar fluir la conciencia que se abre y suscita de pronto, como en un instante, un insight, una especie de significado percibido que tiende direccionalmente a una intervención. Esta unidad interventiva, si procede de la conciencia intuitiva, tiene una gran fuerza constructiva y es altamente facilitadora.

Devolver el protagonismo a la conciencia intuitiva del facilitador no representa una vuelta al subjetivismo del romanticismo filosófico, ni quiere significar un desplazamiento de la razón. Constituye mejor un centrar la mirada hacia otro tipo de racionalidad, la racionalidad intuitiva que contiene la totalidad del ser corporalmente sentido y toda su experiencia, y se manifiesta desde un instante de incertidumbre que, en el silencio interior escuchado por el sí mismo, lleva en su seno la semilla creativa de la intervención facilitadora expresada como condición significativa hacia la posibilidad de una nueva interacción.

6.- SÍNTESIS Y PERSPECTIVAS.

A partir de las experiencias de los “grupos de encuentro” y de los postulados del Enfoque Centrado en la Persona hemos diseñado un sistema de facilitación de grupos aplicable a los grupos de funcionamiento ordinario. Este sistema, como tal, contiene los fundamentos de la estructura y los procesos de los grupos y las bases de la intervención facilitadora a partir de la disposición actitudinal del coordinador del grupo. Algunas ideas parciales son las que hemos intentado sugerir a través de esta comunicación.

El modelo de facilitación, sin embargo, es mucho más completo. Contiene también un esquema interpretativo de la trayectoria posible y deseable de los grupos en su segmento temporal, es decir; en la vida del grupo; y una propuesta operativa de intervención facilitadora en función del trayecto que se basa en la focalización actitudinal. Se incrementa, además, con sugerencias que, a nuestro entender, permiten un mayor grado de eficacia y eficiencia en la tarea de los grupos y favorecen la creatividad, la comunicación y el crecimiento. Complementamos la disposición actitudinal con dos nuevas destrezas que ayudan a implementar estos procesos. Este compendio está contenido en otras comunicaciones anteriores, en publicaciones citadas y en otras investigaciones que no tardarán mucho en ser publicadas.

En todo caso, nuestra intención es la expansión de los principios y contenidos del Enfoque Centrado en la Persona hacia otros ámbitos distintos a los de la terapia y las experiencias intensivas de grupo. Pero este interés no reside tanto en difundir y aplicar métodos no-directivos o pautas de respuesta que pueda utilizar un líder institucionalizado de grupos, como en posibilitar que la presencia del facilitador, coordinador, animador –o como quiera que se le llame- sea un estar conectado con su núcleo interno, transmisor de actitudes que realmente se disponen y respetuoso con la autodirección y la autorrealización del propio grupo. No por eso deja de ser influyente, al contrario; el facilitador incide decisivamente en el proceso grupal y en el despliegue de la tendencia actualizante. Lo que pasa es que esta influencia no es ni manipulativa ni autoritaria y, precisamente por eso es por lo que genera condiciones que favorecen el desarrollo del potencial.

Este sistema no está cerrado. Hay que ir aplicándolo, todavía más, en situaciones grupales cotidianas y ver qué ocurre. En la medida que seamos capaces de permitir que más grupos se enmarquen en esta manera de intervenir podremos disponer de elementos que confirmen, si es el caso, que el Enfoque Centrado en la Persona no es patrimonio de unos pocos sino que es un abordaje para la educación, la facilitación, las organizaciones y la vida misma. En suma, que confiere a nuestro existir y a nuestro estar un estilo propio fundamentado en la dignificación de la persona humana y en las relaciones más auténticas.

Nos preocupa también perfeccionar un modelo de formación para “capacitar” facilitadores que se sientan cómodos en este estilo propio, que se sientan crecer como personas y que se percaten de que, finalmente, el Enfoque Centrado en la Persona también contiene un método eficaz de intervención. En este sentido, la formación tiene que basarse sustancialmente en fomentar experiencias transformativas que tengan un fuerte impacto personal para suscitar auténticos aprendizajes significativos. Y, en segundo lugar, en posibilitar la adquisición de habilidades interventivas a partir del entrenamiento en la disposición de actitudes facilitadoras.

Este es el reto, la aventura y el riesgo. Y este reto constituye, en parte, nuestra humilde aportación a la revolución silenciosa.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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CSIKSZENTMIHALYI, M. Creatividad. El fluir y la psicología del descubrimiento y la invención. Barcelona: Paidós, 1998.

FARBER, B. y otros. La psicoterapia de Carl Rogers. Casos y comentarios. Bilbao: Desclée de Brouwer, 2001.

GENDLIN, E. Experiencing and the creation of meaning. A philosophical and psychological approach to the subjective. New York: Free Press of Glencoe, 1962.

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SANFORD, R. “De Rogers a Gleick y de Gleick a Rogers”, en BRAZIER, D. Más allá de Carl Rogers. Bilbao: Desclée De Brouwer, 1997

SCHUTZ, W. Todos somos uno. La cultura de los encuentros. Buenos Aires: Amorrortu. 1973.

ANEXO: Taller de entrenamiento : “Percatarse y contactar”.[22]

Intenciones:

– Ayudar a tomar conciencia del propio cuerpo como manifestación real de uno mismo.

– Facilitar el enfoque de sensaciones corporales para integrarlas en la conciencia.

– Aprender a dar significado emocional a una sensación corporal.

– Compartir comunicaciones y sensaciones que proceden del referente directo de cada uno.

Participantes:

– De 25 a 30 aproximadamente.

Tiempo:

– Una hora y media, aproximadamente.

Procedimiento:

1. -El animador sugiere el ejercicio como instrumento para tomar conciencia de los sentimientos y emociones ante una determinada situación grupal a través del cuerpo que constituye un archivo extraordinario de nuestra historia personal porque guarda todas las sensaciones y aprendizajes de nuestra experiencia. Seguidamente solicita a los participantes que, en silencio, se coloquen en una posición cómoda, preferiblemente acostados en el suelo sobre mantas o colchones, con la espalda tocando al suelo y la parte delantera mirando al techo. Sugiere que cierren los ojos y desconecten de ruidos exteriores para facilitar el contacto consigo mismos. (Puede acompañar el ejercicio con música tranquila y clásica de fondo).

2. – El animador va dando las siguientes instrucciones. “Os sugiero que cerremos los ojos… intenta respirar profundamente y seguir con tu conciencia el ritmo de la respiración. Intenta sentir como tu respiración penetra en tu cuerpo y el aire llena todos los espacios. Entra y sale suavemente. Procuraremos ahora prestar atención a distintas partes de nuestro cuerpo. Te ruego centres tu atención ahora en tus pies. Haz que el aire que inspiras llegue hasta tus pies. Intenta ahora apretar con fuerza los dedos de tus pies y mantenlos así un momento. Ahora puedes ir soltándolos lentamente… uno… dos… tres… Los dedos se relajan, los pies pesan en el suelo.

Haz subir lentamente tu enfocar por las piernas hasta las rodillas. Presta atención a la articulación de tus rodillas. Mueve las piernas cerrándolas a través de la articulación de tus rodillas, mantenlas así, fuertemente cerradas por un momento. Ahora puedes ir soltando tus piernas lentamente, uno… dos… tres… Las piernas y las rodillas pesan en el suelo, se relajan.

Sigue respirando profundamente. Concéntrate en tus manos. Siente como el aire de tu respiración llega hasta tus manos, hasta los dedos de tus manos. Cierra tus manos en un puño fuertemente y mantenlas así por un momento. Ahora, lentamente, puedes ir abriendo tus manos, poco a poco, uno… dos… tres… Siente como pesan y se relajan.

Vamos ahora a concentrar nuestra atención en los codos, en la articulación de nuestros brazos que es el codo. Lleva aire hasta allí. Cierra ahora tus brazos fuertemente por la articulación del codo, con fuerza, y mantén esta posición unos momentos. Ve ahora soltando lentamente tus brazos, uno… dos… tres… con suavidad, hasta que estén en el suelo. Siente como tus brazos pesan.

Centra ahora tu atención en los hombros, lleva el aire hasta tus hombros. Intenta apretarlos lo más que puedas hasta que casi te lleguen a las mejillas, mantén esta postura unos momentos y, lentamente, ve soltando tus hombros… uno… dos… tres… Siente como se relajan y pesan.

Vamos a concentrarnos ahora en nuestro cuello, una articulación muy poderosa y significativa. Siente el aire en el cuello. Intenta ahora alargar tu cuello lo máximo que puedas, como una avestruz y mantenlo así unos segundos. Lentamente vuelve a llevarlo a su posición normal, uno… dos… tres… Siente como pesa y se relaja.

Respira con profundidad varias veces. Centra toda tu atención en las partes delanteras de tu cuerpo, en el centro de tu cuerpo. Siente como el aire penetra en tu garganta, llena tu pecho y llega hasta tu vientre. Presta atención en esta parte central de tu cuerpo, de la garganta hasta la cintura. Llena de aire esta parte central. Quédate ahí un minuto, con esta parte, junto a esta parte. Aquí nuestro cuerpo guarda las sensaciones, las emociones, los sentimientos. Toma conciencia de esta parte y mira si hay alguna sensación corporal que surge difusamente en alguna parte de donde estás. Quizás en la garganta va surgiendo algún nudo, o en el pecho, o en el estómago, o en el vientre. Una sensación física, agradable o desagradable. Date tiempo, dos minutos o así. Si no surge no pasa nada, sigue estando ahí unos segundos más… quizás aparezca algo.

Si hay alguna sensación centra tu atención en ella. Enfócala. Respira profundamente para darle volumen y acoge esta sensación, dale la bienvenida. ¿Cómo es esta sensación? No hace falta pienses qué la produce, aparta un poco tu mente racional, sólo mira cómo es, qué cualidad emocional tiene: un nudo, una euforia, algo denso que pesa, un vacío… Intenta buscar un nombre o una frase, o una imagen que describa esta sensación corporal.

Toma conciencia de si, en realidad, este nombre o esta imagen se ajusta a la sensación. Puedes ir de la sensación a la imagen y viceversa, hasta que se ajuste. ¿Es eso, no es verdad? O no, ¿quizás se ajusta mejor esto, no es así? Cuando se ajuste sentirás un ligero alivio.

Habla con esta sensación, acoge lo que te dice y date unos segundos para estar con ella, quizás descubras algo nuevo de ti mismo. Respira.

Intentaremos ahora hacernos un espacio, como generar una distancia adecuada entre tú y esta sensación. Imagínate que colocas esta sensación en una estantería situada delante de ti, no muy lejos. La respiración puede ayudarte a colocar la sensación en la estantería. Esta sensación está ahí pero hay algo más entre tú y la sensación, tú eres más que esta sensación. Quizás más tarde podrás ocuparte de ella, dile simplemente que quieres un poco de espacio para ti. Continúa respirando y centrándote en tu respiración.

Mira a ver qué ocurre en el centro de tu cuerpo cuando te preguntas ¿Cómo me siento ahora mismo?, o mejor incluso… Ahora me siento bien ¿no es verdad?[23] Deja que tu cuerpo responda, no pienses ni analices ninguna respuesta solamente date dos minutos para ver lo que emerge de tu interior cuando te preguntas eso. Deja tiempo para que se forme una ligera sensación física en la garganta, o en el pecho, o en el estómago, o en el vientre… Ahora me siento bien ¿no es verdad?

Enfoca esta sensación difusa que va surgiendo. Respírala, como si la expandieras y la pasearas por el centro de cuerpo. Dale volumen, la respiración puede ayudarte a atender esta sensación corporal.

Mira si encuentras un nombre, una frase o una imagen que describa la cualidad emocional de esta sensación, (es algo denso o angustiante, es como un cosquilleo que conmueve…) dedica un poco de tiempo a buscar un nombre o una imagen que se ajuste. Puedes desplazarte desde la sensación corporal hasta la palabra o la imagen hasta que percibas un encaje de ambas. ¿Es esto? ¿Quizás está mejor así? Ajá, esto es, sí ahora se ajusta. Me siento como que…

¿Qué es lo peor de esta sensación? Pregunta y espera, deja que tu cuerpo conteste con otra sensación. Lo más (“angustiante” o “denso”, o”…”) de esta sensación es… Date un minuto o así para dejar que aflore un ligero movimiento sentido corporalmente… Lo peor es que… Ajá, eso es, ¡qué curioso! Quédate un momento con esta nueva sensación, respírala y paséala por tu cuerpo, dale volumen. ¿Es eso realmente? Lo peor es que me siento…[24]

¿Qué necesito para sentirme bien en relación con eso? ¿Hacia qué dirección me lleva? Pregunta y espera. Deja que el cuerpo de signos con nuevas sensaciones que puedan orientarte para sentirte mejor. Eso es lo que deseo realmente ¿no es verdad?… Sí eso es… ¡qué curioso! Déjate sorprenderte por las indicaciones de tu cuerpo. Deseo que… Parece como que se me abre el camino hacia… Respira esta nueva sensación corporal de ir hacia…

Recibe y acoge todo esto que has experienciado, como agradeciendo a tu cuerpo que te haya dado indicaciones sobre cómo estás y qué deseas. Y mira ahora como ha sido tu proceso interno, como a qué ha sabido… ¿Cuál es la sensación global de todo esto que he sentido? ¿Qué color pudiera relacionarse con esta sensación global de mi proceso de aquí y ahora? ¿De qué color me siento ahora mismo? Date un momento para ver qué color te surge. Ahora, lentamente, puedes ir abriendo los ojos y escoger un color de todos los que hay expuestos en pequeñas cartulinas en la mesa. Coge la ficha del color que ahora más se identifique con tu estado de ánimo ahora, elige tu cartulina y ocupa de nuevo tu lugar mirando a los demás participantes y el color que han elegido”[25]

3. – Se trata seguidamente de indicar que se junten por subgrupos de colores. Cada participante forma subgrupo con los demás miembros que han elegido su mismo color o algún color parecido de su gama cromática. Se puede formar un subgrupo de colores con los participantes que hayan escogido un color que no tiene correspondencia con ningún otro. En el subgrupo, durante unos doce minutos, las personas compartirán su experiencia, pueden explicitarse las vivencias de cada uno y comprobar si el sentido que han dado al color elegido coincide o es muy diferente. Es un espacio para compartir y comunicarse.

4. – Por último, los participantes se sientan en círculo. Se deja un espacio para que las personas que lo deseen puedan compartir algo de su experiencia con todo el grupo grande.

Materiales:

– Un reproductor de CDS

– Música clásica o relajante.

– Pequeñas fichas de 6 x 6 cm de múltiples colores y con 10 o 12 fichas de cada color.

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notas de rodapé, convertidas em notas de fim de texto.

1 El concepto de “experiencing” ha sido formulado ampliamente por Eugene Gendlin en 1955 y, ciertamente, constituye una aportación decisiva al Enfoque Centrado en la Persona, aunando el rigor científico y la filosofía existencial. En el libro GENDLIN, E. Experiencing and the creation of meaning. A philosophical and psychological approach to the subjective. New York: Free Press of Glencoe, 1962 se define el “experiencing” como un proceso cambiante, orgánico, espacio-temporal; una continua corriente de sentimientos y unos pocos contenidos explícitos. En realidad el “experiencing” es el compendio de sentimientos que continuamente acontece en el campo fenoménico del individuo.

2 ROGERS, C. Grupos de encuentro. Buenos Aires: Amorrortu, 1979, pág 162.

3 SCHUTZ, W. Todos somos uno. La cultura de los encuentros. Buenos Aires: Amorrortu. 1973, pág. 227.

4 Nos referimos a la comunicación presentada en el X Encuentro Latinoamericano del Enfoque Centrado en la Persona celebrado en Córdoba (Argentina) en octubre de 2000 que titulamos: Educación Centrada en la Persona: el paradigma emergente. Y al libro cuya referencia es BARCELÓ, B. Centrar-se en les persones .Un model transformador d’intervenció socioeducativa. Barcelona: Pleniluni 2000.

5 Enfoque Centrado en la Persona/ Abordagem Centrada na Pessoa.

6 Claudio Rud y Viviana Rey expresan este compendio muy acertadamente con el concepto de “resonancia”. Véase su comunicación en el X Encuentro Latinoamericano del ECP: Resonancias. De la intervención pasiva a la contemplación activa. Una sintaxis posible de la constitución y configuración del acontecimiento terapéutico desde el ACP.

7 Estamos preparando un nuevo libro en el que se exponen más extensamente las investigaciones que hemos realizado en esta línea y que pronto saldrá a la luz con el título: Crecer en grupo. Una aproximación desde el Enfoque Centrado en la Persona.

8 Término acuñado por Thomas Gordon colaborador de Rogers en la facilitación de grupos de encuentro.

9 GORDON, T. “Liderazgo y dirección centrados en el grupo” en ROGERS, C. Psicoterapia centrada en el cliente. Buenos Aires: Paidós. 1977, pág 307.

10 SANFORD, R. “De Rogers a Gleick y de Gleick a Rogers”, en BRAZIER, D. Más allá de Carl Rogers. Bilbao: Desclée De Brouwer, 1997, Pág. 227.

11 Hemos expuesto esta investigación en el marco del X Encuentro Latinoamericano del Enfoque Centrado en la Persona celebrado en Córdoba (Argentina) en octubre de 2000. También sugerimos este método en el libro del autor BARCELO, B. Centrar-se en les persones. Un model transformador d’intervenció socioeducativa. Barcelona: Pleniluni, 2000.

12 FARBER, B. y otros. La psicoterapia de Carl Rogers. Casos y comentarios. Bilbao: Desclée de Brouwer, 2001, pág 100.

13 CSIKSZENTMIHALYI, M. Creatividad. El fluir y la psicología del descubrimiento y la invención. Barcelona: Paidós, 1998, pág 84.

14 ROGERS, C. Grupos de Encuentro. Buenos Aires: Amorrortu, 1979, pág 56.

15 ROGERS, C. Terapia, personalidad y relaciones interpersonales. Buenos Aires: Nueva Visión, 1982 pág 49

16 Id. pág 89

17 Id. pág 95

18 Id. pág 40

19 POLSTER, E y M. Terapia guestáltica. Buenos Aires: Amorrortu, 1980, pág 105.

20 Término acuñado por R. Carkuff en su modelo de relación de ayuda.

21 SANCHEZ , A. Estar presente. Desde Carl Rogers al enfoque holístico centrado en la persona. Buenos Aires: Holos, 1997, pág 186.

22 Esto es un pequeño ejercicio de focusing en grupo que permite tomar conciencia de cómo una persona se siente realmente ante una determinada situación y le ayuda a abrirse más a la experiencia.

23 La pregunta puede variar en virtud de la situación del grupo y del momento en que realicemos este ejercicio. Podemos decir, por ejemplo, en este grupo me siento bien ¿no es verdad?, o me siento realmente aceptado por el grupo ¿no es así? o incluso, me siento cómodo en este grupo ¿no es cierto?…

24 Podemos preguntar también ¿qué es lo mejor de todo esto?… o ir haciendo otras preguntas a la sensación para que nos diga algo más de lo que hay debajo de ella misma.

25 El animador del ejercicio habrá colocado pequeñas cartulinas de múltiples colores en la mesa para que cada participante pueda escoger el color que desee. Tiene que haber muchas fichas de cada color y múltiples colores para permitir que algunos participantes escojan el mismo color y favorecer que todos los colores estén presentes.

Apresentado no XI ENCONTRO LATINO-AMERICANO DA ACP – Socorro – Brasil – Out/2002