ORIENTACIÓN Y PSICOTERAPIA

Alberto S. Segrera

Académico Emérito
Universidad Iberoamericana
Ciudad de México, Distrito Federal, México

La discusión sobre la identidad o diferencia entre orientación y psicoterapia esta lejos de ser de fácil solución. Tanto bajo una palabra como bajo otra se incluyen numerosos sentidos y acepciones diferentes, así como diversas corrientes y escuelas psicológicas y filosóficas, que oscurecen las posibilidades de aclaración. Lejos de mí intentar imponer a todos una manera única de ver las cosas; sin embargo, quisiera contribuir con mi esfuerzo a la reflexión sobre el tema, y para ello necesariamente tendré que hacerlo comprometiéndome con mis concepciones de ambas actividades.

El origen indiscutible de la palabra psicoterapia lo encontramos en la profesión médica. La forma de tratamiento de enfermedades físicas diversas se denomina terapia. El psiquiatra, por paralelismo, al intentar curar las lesiones psíquicas, emplea, entre otras, la psicoterapia, alternativamente con la quimioterapia, los choques électricos, la cirugia.

No hay duda de que, dentro del campo médico, hay opiniones diversas sobre la etiología de las enfermedades psíquicas, que son consideradas de origen órganico o funcional, físico o mental, o aún idiopáticas (oh, ironía del lenguaje que encubre la ignorancia tras un culto vocabulario); pero, independientemente de estas variaciones, la concepción médica de las mismas es la de una enfermedad o lesión que debe ser curada.

O sea, que se justifica considerar al sujeto como paciente (el que padece), hacerle atravesar un examen que permita establecer su diagnóstico (determinación de síntomas e identificación del síndrome correspondiente), proyectar un pronóstico (evaluación de sus posibilidades eventuales de recuperación) y aplicar un tratamiento (en el mejor de los casos, psicoterapéutico).

El ideal dentro de este modelo sería poder encontrar el origen físico, o quizá actualmente diríamos mejor el origen químico, de la enfermedad, y poder tratarla por medio de los reactivos apropiados, que ojalá fuesen los que pudieran actual incluso sobre los aminoácidos de la doble hélice cromosómica, de manera que nos permitiesen borrar, en el espacio de pocas generaciones, los últimos rasgos del caudal hereditario que explicasen la existencia de la enfermedad. Las consecuencias de esta concepción son multiples.

El sujeto de la “enfermedad” necesariamente es colocado en una posición de inferior, de pasividad al menos relativa, ante el psiquiatra o psicoterapeuta, actor de la curación. Este tiene una concepción preestablecida de lo que implica la salud y de lo que el paciente debería lograr, a partir de un marco de referencia externo al mismo, que, inclusive, en muchos casos ni siquiera se considera necesario comunicar al paciente. El énfasis radica en los conocimientos del psicoterapeuta, que le permiten diagnosticar, pronosticar y tratar la enfermedad del paciente, este último necesariamente ignorante por comparación al médico.

En lo que respecta a la orientación, se sitúa en el campo educativo, aunque también encuentro algunos aspectos en el campo de lo sacerdotal, si logramos descartar en este último la referencia a la ley como máximo criterio en lugar del amor.

En este modelo, la labor consistiría en la facilitación de un aprendizaje, en la ayuda en la búsqueda de un camino por la persona implicada. El punto de partida es el de un organismo, un ser humano, que nace con una serie de potencialidades de realización y expansión no explicables totalmente en términos químicos y cuyo desarrollo será facilitado o frenado por la acción de su mundo experiencial. Su percepción del mundo será influenciada por sus elementos subjetivos originales, su imagen propia será creada en buen parte a partir de su percepción de su medio fenomenal, y esta interacción dinámica se expresará en una espiral cuya tendencia ascendente será limitada en la medida en que las experiencias no puedan ser integradas por el sujeto como aprendizajes de crecimiento y utilizadas como motor de nuevos movimientos.

O sea, que la labor del orientador sería la de un educador de la función de la experiencia, y consistiría en ayudar a la persona a adquirir, ante todo, el autorespeto y autoestima que le permitan confiar en su propia percepción y su propio aprendizaje, y en facilitar en ella la conscientización de lo que constituye un adecuado proceso de interacción con su universo existencial, más que en la transmisión de cualquier contenido concreto específico de dicho universo.

De aquí que la importancia del examen previo, diagnóstico, pronóstico y tratamiento diferencial sean de un caracter notablemente diferentes de los del psiquiatra o psicoterapeuta. La concepción de progreso de la persona en orientación es mucho más dinámica y tiende a ser confirmada por comparación con el mundo interno de la misma, por lo que la comunicación de las impresiones del orientador al orientado adquieren una especial relevancia.

La persona en orientación es considerada, al menos en potencia, como el mejor experto en materia de lo que constituiría su propio desarrollo, por lo que el papel de experto del orientador se relativiza en consecuencia, sin por esto desaparecer totalmente.

Puesto en otro lenguaje, el objetivo básico de la psicoterapia sería el de la reestructuración del aparato anímico del paciente, considerado como deficientes para la adaptación adecuada del paciente a una realidad externa que tiende a ser considerada como criterio último de normalidad psíquica. La orientación se plantearía como meta la reeducación, en caso necesario, y la expansión de los límites del ser humano, que le permitan experimentar y aceptar de una manera cada vez más plena, sin detenerse ante lo amenazante de lo desconocido y lo riesgoso de lo conocido, su identidad única y su carencia cósmica, su majestad y su pequeñez, su aislamiento humano y su participación en lo absoluto.

Sería absurdo pretender que todas las personas se encuentran en igual punto de evolución o estado de salud psíquica. El inicio de solución de la aparente contradicción entre una concepción y otra se encuentra en esta diversidad de situaciones personales, que explican, a mi parecer, la existencia de tan distintas maneras de trabajar con y por el hombre.

Si tomamos el caso del esquizofrénico catatónico, no hay duda de que lo primero que nos impresiona es su incapacidad de contacto con lo que estamos acostumbrados a considerar como la realidad. Aún partiendo de la posición que considerase que la realidad privada del catatónico fuese tan válida como la compartida por la mayoría de los miembros de nuestra sociedad, es evidente que el hecho de que ésta sea tan amenazante (o tan decepcionante) para aquél, limita su posibilidad de contacto con sus semejantes, y que una buena y prioritaria parte del trabajo a realizar consistiría en lograr que restablezca la comunicación con una realidad (la que más corrientemente vivimos) con la que ha perdido practicamente toda conexión.

Y, para ello, aparentemente, se presta bastante claramente el modelo médico, y se ve como adecuado el objetivo de reestructuración, lo cual pudiera quizá poder comprenderse mejor como reeducación. Una vez lograda esta integración básica, la misma persona podría, según lo ven muchos, ir más allá, y avanzar por los caminos de la realización personal, dentro de un modelo educativo de orientación.

Si nos situamos al otro extremo del horizonte de sujetos, y tomamos el caso del místico, encontramos mucho en común con el anterior, incluyendo la vivencia de estados de conciencia notablemente alejados de la cotidiana (y para el místico, quizá decepcionante) realidad que vivimos la mayoría, y aún posiblemente la dificultad de amoldarse a la convivencia humana, sentida muchas veces como intrascendente o distrayente.

Más en este caso la búsqueda de la experiencia privilegiada está basada en un ansia de sobrepasar los límites culturalmente establecidos para la actualización de nuestra capacidad de acercamiento a la plenitud de la existencia.

En este caso, es manifiesto que el modelo educativo, así como el objetivo de expansión, responden mucho más directamente a la etapa del proceso en que se encuentra el individuo, y este podría beneficiarse mucho más de un orientador que respondiese a su ya dada experiencia interna. Al mismo tiempo, se podrían manejar las dificultades señaladas anteriormente.

Dentro del continuo del gradiente de evolución prodríamos situar los diversos grados de psicosis, neurosis, casos fronterizos, existencias mediocres, autocuestionantes, concientizados, místicos, iluminados. De lo anterior se desprende que los medios y técnicas, las estrategias y prácticas, tienden a diferenciarse y diversificarse, siendo más clara esta distinción en los extremos del horizonte mencionado.

Algunos elementos directivos parecerían más consecuentes con la reeducación, mientras que el acompañamiento y reflejo respetuosos lo serían de la expansión. La estimulación externa permitiría suplir inicialmente la energía bloqueada en un caso, mientras que la confirmación del impulso interno sería muy probablemente lo más útil en el segundo. El empujón que necesita un cuerpo inerte para iniciar su movimiento sería no solo inútil, sino que incluso podría desviar la dirección del movimiento de aquél que se mueve decidido hacia una meta conscientemente escogida.

Por supuesto que, según nos alejamos de los extremos del horizonte de evolución, la distinción se hace menos tajante. De aquí que, en la mayoría de los casos, nos encontremos con una proporción variable de carencias y recursos, de aspectos ampliamente desarrollados y de capacidades infrautilizadas o atrofiadas, de rigidez y de flexibilidad, de madurez y de infantilismo, de inconciencia y de compromiso, de temor y de valor ante las exigencias de la exigencia humana.

Y por ello, tanto el orientador como el psicoterapeuta, necesitan estar conscientes del grado de integración o desintegración básica de la persona que solicita sus servicios o les es referida, y plantearse si el énfasis debe ponerse en una reestructuración o una expansión.

La insistencia en una reestructuración puede ser llevada a extremos ridículos, con la consecuencia, en el mejor de los casos, de un desperdicio por parte de la persona de esfuerzos que podrían ser orientados hacia el cultivo y ampliación del abanico de sus potencialidades.

El intento prematuro de un trabajo de expansión de la experiencia puede llevar a la persona a perderse en una zona exageradamente amplia para sus capacidades actuales de integración, y debería en muchos casos ser precedido de un trabajo menos ambicioso pero no por ello menos importante.

Tanto uno como otro profesionista se encontrarán repetidamente en la situación de tener que combinar momentos de una y otra actividad durante sus sesiones o entrevistas, respondiendo al momento irrepetible del proceso de evolución del ser humano que tienen delante.

Más aún, muy probablemente emplearan en determinadas ocasiones las mismas técnicas, acciones similares; la diferencia en muchos casos consistirá mucho más en la óptica de trabajo escogida, en el modelo de explicación de los fenómenos seleccionados, en el objetivo personal interno del profesionista, que en cualquier dato objetivamente observable y susceptible de registro por los cada vez más numerosos medios con los que contamos en la actualidad.

Un psicoanalista puede emplear una respuesta de reflejo, un humanista fácilmente refuerza una conducta, un conductista no deja de interpretar una intervención del sujeto, un psiquiatra empatiza de cuando en cuando con su paciente. Maravilla de la complejidad del fenómeno de la interacción humana, que se niega a ser identificada y reducida a cualquiera de los mapas que hemos intentado construir para orientarnos en nuestro viaje temporal.

El entrenamiento requerido para ambas actividades no deja de tener también muchos elementos comunes; a riesgo de complicar la discusión con una comparación imperfecta, señalaría el caso de los arquitectos y de los ingenieros civiles: en ambos casos, el espacio y los materiales son motivo del estudio, y la utilización de los mismos es muchas veces difícil de distinguir en la práctica. Incluso, en casos individuales, una persona con entrenamiento básico de ingeniero civil termina trabajando mucho más como arquitecto, y viceversa.

De la misma manera, el objeto de estudio y de actividad del orientador y del psicoterapeuta es el hombre, si bien con énfasis diferentes en uno y otro caso, ambos deberán estudiar aspectos de psicología, de sociología y de filosofía; la relación interpersonal será una herramienta y medio de trabajo indispensable; los instrumentos de evaluación de características de personalidad tendrán su lugar para los dos; la práctica supervisada será una forma privilegiada de aprendizaje; pero el enfoque, y, por lo tanto, el contenido detallado del entrenamiento, revelará diferencias apreciables entre ellas.

El campo de trabajo, el objeto de estudio y de actividad, no dejan de tener una base común, y esto explica que haya individuos que pasen de uno a otro, o que ejerzan una parte de su actividad en uno y otra en el segundo, encontrando en la experiencia personal un complemento al entrenamiento y formación adquiridos en sus estudios formales.

La frontera entre la psicoterapia y la orientación, al igual que las de las naciones, no puede ser una línea marcada legalmente. A nadie se le ocurriría negar la existencia de los países basándose en la amplitud de características comunes de la franja de contacto. Las identidades nacionales, a veces poco claras, no dejan de reconocerse y de fomentarse, desgraciadamente en algunos casos basadas en el rechazo y el odio recíprocos, más que en el respeto y la colaboración en los aspectos de interés común.

Así ha sucedido, como en otros campos profesionales, con la orientación y la psicoterapia: en lugar de aprender mutuamente de los enfoques de una y otra, nos hemos dedicado frecuentemente a atacarnos mutuamente, a negar la realidad de la existencia de la “otra”, a despreciar el esfuerzo y los frutos del trabajo realizado por los “otros”, y a entorpecernos en el desarrollo de los proyectos respectivos. Nos hemos perjudicado y hemos perjudicado a quienes, confundidos por nuestras discusiones bizantinas, se han alejado de unos y de otros, perdiendo la posibilidad de obtener una ayuda en algunos casos indispensables y en los otros útil y conveniente.

Sin embargo, la solución no estriba en la pérdida de identidad propia, sino en la afirmación respetuosa de las mismas. En el caso de la actividad de más reciente aparición en nuestro país, la de los orientadores, no deja de entristecerme la utilización por muchos de un lenguaje prestado de la psicoterapia: terapia, paciente, terapeuta, sesión, etc., que para mi refleja cierta inseguridad o indefinición, por otro lado ampliamente justificable, de identidad de grupo.

Solamente en el momento en que los orientadores se manifiesten repetidamente como lo que son, orientadores, aún en contra de la dificultad que esto representa ciertamente en una sociedad que todavía desconoce el contenido de esta palabra; solamente cuando se vean a sí mismos como orientadores, realizando una labor de orientación, recibiendo a personas en entrevistas de orientación, y vivan profundamente lo que esto significa, sin contaminación de lenguaje ni, mucho más importante, interna, con psicoterapeutas o cualquier otro grupo de profesionistas del campo de lo humano, podremos decir que existe en México un grupo, flexible y abierto, sí, más al mismo tiempo coherente y dinámico, de personas que trabajan por el desarrollo del ser humano en una forma específica escogida y asumida conscientemente.

Los psicoterapeutas, por su parte, no dejan de resentir, aun actualmente, las secuelas del doloroso y arduo esfuerzo que debieron realizar en un pasado muy cercano, por establecer y obtener el reconocimiento de su propia identidad. Las necesidades inmensas de nuestra población nos muestran el único camino posible en el futuro: la colaboración a título individual y en equipos de profesionistas cuyos conocimientos y habilidades complementarios permitan avanzar en la resolución de los problemas de individuos y grupos, y así contribuyan a un porvenir más justo y más pleno humana y socialmente.

Coyoacán, Ciudad de México, Distrito Federal, 13 de junio de 1979. Cuajimalpa, Ciudad de México, Distrito Federal, 18 de marzo de 2006.

Versión original en español: 13 de junio de 1979 (OPT-1aES). Versión revisada en español: 30 de marzo de 1993 (OPT-2aES); formato corregido: 18 de marzo de 2006 (OPT-2cES).

Segrera, A. S. (1982). Orientación y psicoterapia: Alternativas de formas de ayuda personal. Ponencia presentada en la 2ª Reunión regional de Psicología (Universidad de las Américas). Santa Catalina Mártir, Puebla, México: 15 al 19 de noviembre de 1982.

Currículo del autor
Mexicano, nacido en Cuba. Licenciado en Psicología y Candidato a Maestro en Ciencias Familiares y Sexológicas por la Université Catholique de Louvain (Bélgica); Especialista en Psicoterapia Autodirectiva (Centrada en el Cliente) y Candidato a Maestro en Educación por la Universidad Iberoamericana Ciudad de México (México). Académico Numerario Emérito de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México. Educador y orientador. Creador de los Foros Internacionales del Enfoque Centrado en la Persona. Fundador y Director de los Archivos Internacionales del Enfoque Centrado en la Persona. Creador y Coordinador de la Red Iberoamericana Centrada en las Personas. Cofundador de los Programas de Posgrado en Desarrollo Humano de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México. Exmiembro del Board de la World Association for Client-Centered and Experiential Psychotherapy and Counseling.
Trabalho apresentado no IV Fórum Brasileiro da Abordagem Centrada na Pessoa

28/10 a 03/11/2001 – Pirenópolis–GO