Refexiones sobre el enfoque centrado en la persona y experiencial

Tomeu Barceló

octubre de 1999

Me gustaría participar en el interesante proceso de discusión que se ha iniciado en nuestra RED-e sobre la necesidad de limitar más específicamente el ámbito de la psicoterapia centrada en el cliente y, si es necesario, singularizarla más si cabe, de los procesos experienciales psicoterapéuticos. No es la primera vez que, en nuestra orientación, se suscita este debate, basta recordar las oscilaciones conceptuales, también los devaneos, surgidos con la aproximación de visiones terapéuticas existenciales, especialmente las aportaciones de Rollo May.

No opino desde el campo de la psicoterapia. No soy ni ejerzo de psicoterapeuta, ni siquiera soy psicólogo, por lo que no pretendo ninguna aportación significativa en este ámbito. Creo, sin embargo, que el debate planteado supera los límites estrictos de la psicoterapia y la psicología y, por ello, me permito reflexionar, aunque sea intuitivamente, sobre el futuro de nuestra orientación centrada en la persona.

En espacios y marcos distintos de los procesos psicoterapéuticos, especialmente en la educación, los grupos de trabajo y los grupos de encuentro (actividades a las que dedico mi tarea profesional) sabemos, por investigación y experiencia que las condiciones necesarias y suficientes de Rogers funcionan de manera similar al proceso que se produce en la psicoterapia centrada en el cliente. Por ello, sin duda, Rogers y sus colaboradores, expandieron sus investigaciones e hipótesis a ámbitos distintos de los iniciales, a ámbitos en los cuales las relaciones interpersonales eran el lugar más singular para la generación de dinámicas de desarrollo personal y de interacción humana.

¿Qué sucede, pues, cuando en diversas situaciones acotadas (educación, grupos de encuentro etc.), nos disponemos a estar presentes desde las condiciones necesarias y suficientes? Esto es, ¿qué sucede cuando en una relación, sea cual sea, interpersonal o grupal, nos disponemos, de manera vincular, a ser más empáticos, más auténticos y a apreciar más al otro?

Sin duda, todas aquellas personas que vivimos y practicamos, de manera real y auténtica el enfoque centrado en la persona, tenemos la experiencia que cuando, de manera profundamente vincular y energética, estamos presentes en una relación, desde nosotros mismos, desde nuestro interior, con y en otras personas, revivimos un proceso transformativo que nos impacta y facilitamos que estas personas revivan, o experimenten por primera vez, un proceso transformativo singular, un cambio, un impacto, una apertura de la conciencia, una “peak-experience” (como diría A.H. Maslow).

Y, ¿en qué consiste, fundamentalmente, esta experiencia de transformación?

Parece ser, así nos ha ocurrido a muchos de nosotros, que esta experiencia implica un cambio de paradigma en la propia visión del mundo. Tenemos la sensación de un despertar, una especie de cambio en la manera de darnos cuenta, de percatarnos, de percibir todo con todos. Es una especie de ensanchamiento de la conciencia. Tenemos la sensación de unicidad, de ser único en el cosmos, pero al mismo tiempo de ser todo, de estar unido esencialmente al universo y a las demás personas. También descubrimos que somos proceso, que los objetivos y los finales tienen escasa importancia y que la significación vital está en el camino, un camino que es aventura y descubrimiento, es asombro. Un camino cuyo destino es el mismo viaje. Parece que, por otra parte, sentimos una conexión profunda entre nuestro cuerpo y nuestra mente, sentimos real y profundamente una unidad organísmica que es nuestro centro de valoración y la guia de nuestra conducta no programada. Experimentamos una profunda libertad, más allá de penas y peligros, sentimos una fuerza interior que nos desata de cordellines culturales y prejuicios sociales. Experimentamos la incertidumbre, el misterio; es como si atravesáramos una puerta interior que nos conecta con nuestro núcleo infinito y, al ser infinito, está conectado con todo. Es una sensación de vida, de expansión de ser la esencia y participar eternamente de esta esencia. Por ello, también experimentamos el desapego. Somos más concientes de nuestra propia intuición, nos sentimos pues más creativos y, por ello, podemos acceder a lo desconocido, a un camino que nos lleva más allá de la verdad. El lenguaje nos limita y nos sentimos poetas con el uso de la metáfora para designar nuestra experiencia. Y, por último, sentimos que, en la inmensidad no estamos solos, deseamos encontrarnos con personas que hayan vivido y comprendan esta misma experiencia y deseamos transformar el mundo desde nosotros mismos, sentimos un compromiso, una vocación para la transformación social.

Esta experiencia, tan intensa y profunda, se produce inicialmente en unos pocos segundos, el tiempo se relativiza. En un instante percibimos la eternidad. Es un acontecimiento único en un momento, y es un momento de amor. Quizás el amor es la máxima profundidad de esta experiencia momentánea que transforma.

La disposición de las condiciones necesarias y suficientes ha sido, y sigue siendo, nuestra manera de facilitar estas experiencias transformativas. Pero ¿puede darse el proceso transformador desde otras claves facilitadoras?

Sé de personas que han experimentado profundos cambios personales y transformaciones en sus relaciones interpersonales, similares a los descritos, sin haber participado en ningún proceso terapéutico centrado en la persona, ni en un grupo de encuentro facilitado desde nuestro enfoque. Conocemos personas que, con seguridad, han tenido experiencias transformativas con o sin la ayuda de psico-técnicas que hayan favorecido este proceso. A lo largo de la historia conocemos testimonios (Teilhard de Chardin, por ejemplo, entre otros muchos) que describen la experiencia de crecimiento personal y de transformación sin haber tenido conciencia estricta y sistemática de las condiciones necesarias y suficientes de Rogers. En definitiva, creo que es posible participar de esta experiencia transformativa a partir de otras orientaciones vivenciales y experienciales o de algunas psicotécnicas que facilitan este proceso. De hecho, muchos de nosotros nos ayudamos de técnicas de la gestalt, focusing, bioenergética etc. para impulsar un proceso de desarrollo personal.

Y sin embargo, sabemos que la disposición de empatía, congruencia y consideración positiva e incondicional son actitudes necesarias y suficientes para facilitar el despliegue de la tendencia actualizante, esto es, para favorecer el desarrollo personal y la experiencia transformativa.

Son necesarias, entre otras cuestiones porque, independientemente de las técnicas y recursos utilizados, si no manifestamos desde nosotros mismos estas actitudes de forma vincular, no acontece.

Son suficientes porque, aún sin utilizar técnicas y recursos, se activa el proceso de crecimiento, de cambio y de transformación.

E incluso, como se expuso en el Congreso de Lisboa de 1997, son eficaces, porque son capaces de activar el mismo proceso transformativo.

A pesar pues de la extraordinaria importancia y significación que adquieren las condiciones del enfoque centrado en la persona, me parece más nuclear y sustancial y, por tanto, más significativo para el propio cambio personal, el instante vivencial de la experiencia transformativa porque, al fin y al cabo significa la “decisión” última de la persona para transformarse, y esta transformación siempre resulta positiva y en una dirección actualizante del propio potencial.

Y este instante vivencial surge, sólo es posible que surja, desde el interior de uno mismo, a partir casi de la sincronicidad, a partir de una decisión autodirigida procedente del mismo núcleo interior. Por eso mismo, el proceso transformativo es, necesariamente, coherente con el propio método facilitador puesto que el propio método forma parte ya del proceso transformativo.

En este sentido, la no-directividad, entendida fundamentalmente como la disposición actitudinal facilitadora de la autodirección de la persona, es un camino que promueve, y fundamenta la experiencia transformativa en la cual camino y fin se confunden y confluyen con incertidumbre en un fluir de equilibrio inestable de experiencia vital.

Sugiero ciertamente un enfoque más holístico en nuestros planteamientos y nuestros sistemas de facilitación; pues las condiciones que hemos establecido, no por necesarias y suficientes tengan que ser excluyentes. Al final, en las profundidades de nuestro núcleo interior las disposiciones facilitadores se fusionan y devienen en lo esencial, participan vitalmente de la esencia, y la esencia es amor.